Lesli Nicaragua
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“¿Cree usted que me sucederá algo?”, preguntó Lorca a Ramón Ruiz Alonso, el tipo que más odiaba a Lorca por obcecación y quien llegó a traerlo la noche del 16 agosto de 1936.  Este contestó con la serenidad de los malvados: “He sido elegido especialmente para ser responsable de que llegue ileso al Gobierno”. Ruiz decía la verdad… a medias. Porque en efecto, el poeta llegó ileso a la sede del Gobierno Civil en Granada, pero dos días después, el 18 de agosto, sería fusilado. Algo que nadie esperaba que sucediera.

Ni el propio Lorca, a pesar de su nerviosismo premonitorio cuando fue detenido, y que Ruiz lo detalla en una entrevista 40 años después: “Me presentaron a Federico, quien me estrechó la mano efusivamente. Estaba un poco nervioso”. El escritor Agustín Penón, quien lo entrevistó, no salía de su asombro, porque el verdugo de Lorca exhibía en su casa las obras completas del poeta. Una paradoja macabra diría después Penón.   

Salió de la casa de unos amigos falangistas, los Rosales, que le habían dado refugio pensando que, por ser miembros de este partido que fomentó el golpe contra la República española ese año, no lo buscarían allí. Pero fue denunciado. Así que fue preparado todo un aparataje militar para detenerlo y llevarlo a la gubernatura civil. “Había militares y guardias de asalto en todas las bocacalles, a pie y en vehículos, y en los tejados de las casa vecinas”, sigue contando Ruiz. 

Lo que sucedió esa noche y el día siguiente, se lo lleva a cuesta el mito. Lo que es cierto es que el 18 fue conducido en un camión junto con otros futuros “desaparecidos” hacia Víznar una aldea cercana a Granada. Según su biógrafo Ian Gibson, “llevaba pantalones color gris oscuro, una camisa blanca con el nudo de la corbata suelto y, al brazo, una chaqueta”. La noche se volvió íntima, más que nunca, porque el poeta destinado a ser el más grande de habla hispana, quedó flotando en el carámbano de la luna y del tiempo, asesinado por una “escuadra negra” de los espejos del mal. 

En 2006 me encontraba en Granada deseando realizar el mismo último viaje del poeta que más admiro. Así que fui a la Huerta de San Vicente, la antigua casa de Lorca, que ahora es un museo, pero estaba cerrada. Sin embargo, golpeé hasta que salió la encargada, quien por mi insistencia me obsequió un tour personalísimo: me llevó por la sala, por la cocina y luego al cuarto del poeta, donde colgaba un cartel de la Barraca, su grupo de teatro itinerante. Ya no pude ir a Víznar, donde lo asesinaron, el cuarto contiguo al del poeta me entretuvo toda la tarde, viendo los originales de sus poemas, y donde me aprendí para siempre estos versos con que lo recuerdo: “yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido”.  

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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