Orlando López-Selva
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El Canciller iraní, Muhamad Yavad Zarif, comenzó ayer una gira por seis países de Latinoamérica.

Esta incluye --como era de esperarse--: Cuba, Nicaragua, Ecuador, Venezuela, Bolivia y Chile.

Hubiera extrañado si hubiese incluido a México, Colombia, Panamá, Argentina, Brasil.

Es obvio que la diplomacia del ALBA sea la premiada en este sorteo. Esta gira es significativa, dados los tiempos que vive Irán.

¿Qué puede encontrar acá el canciller persa en su visita a estos países, debidamente escogidos, de Latinoamérica?

Veamos el contexto de estos encuentros.

Los países seguidores del socialismo del siglo XXI viven bastante aislados del resto del mundo.

¡Los separados buscan cómo acompañarse! Y solo se juntan entre ellos; conversan entre ellos; lanzan proclamas entre ellos; y se ensalzan para adjetivarse como “firmes enemigos del imperialismo yanqui”, “defensores de los pueblos oprimidos”, “regímenes revolucionarios”, y otras etiquetas.

Pero nadie alrededor de los países ALBA se atreve a ser su  prosélito. ¿Malos predicadores o dadores de pobres ejemplos?  Sus proclamas están llenas de animadversión e historias conflictivas (¡como si fueran pacientes traumados ante un Freud!). Impulsan una diplomacia de amenazas, maldiciones y exclusión.

Al otro lado del mundo, Irán, en 1979, comenzó una revolución (¡paradoja!; ahí se instauró un régimen religioso conservador chiita) para acabar con la dinastía de la dinastía Reza, vinculados a Occidente. Desde entonces, el nuevo régimen iraní es enemigo de Occidente y todos sus valores: democracia, libertad de expresión, separación de poderes, elecciones libres, pluralismo político, libertad religiosa, libre empresa privada.

Pero desde que el anterior primer ministro iraní, Mahmud Ahmadineyad declaró que “a Israel se le debía borrar del mapa”, Teherán ha permanecido aún más aislado. Aunque hoy vive condicionado a portarse bien, por un acuerdo que firmó ante las Naciones Unidas y las cinco grandes potencias, para no utilizar energía nuclear con fines militares.

Dudas y sospechas hay. Pero se convive.

Además Irán es enemigo frontal de Arabia Saudí --el país árabe más poderoso y “aliado” de Occidente--; seguidor sunita (la corriente religiosa adversa al chiismo).

El canciller Zarif que nos visitará --por cierto, un hombre educado, habla buen inglés, con aspecto de cura católico-- quiere sacar del aislamiento a su país. Y ha tenido cierto éxito a ese respecto.

Así, Irán y la diplomacia-ALBA tienen posturas coincidentes; sobre todo en la posición anti-Washington.

Irán es un país rico, pero de poco desarrollo industrial. Y no puede refinar su petróleo, porque después de haber confiscado y expulsado a las grandes compañías petroleras occidentales, padece un embargo que estas mismas empresas le impusieron. Y no le venden repuestos para operar sus maquinarias para tal industria.

La agenda del canciller Zarif con los países ALBA, además de las pre-redactadas declaraciones de elogios mutuos, se centrará en el respaldo que se le dé a Irán, que quiere preservar su statu quo, en medio de muchas acechanzas. (Verán las palabras “luchar”, “enfrentar”, “agresiones”, “imperialismo” y “vencer,” repetirse indefinidamente).

¿Ayuda la “diplomacia” de invectivas?

Teherán busca afianzarse con sus aliados, que fuera del Asia, escasean. Irán quiere sobrevivir y prevalecer. Esta gira diplomática les servirá para ver con cuántos amigos cuenta si las cosas se le ponen difíciles.   

Con los países ALBA, todo está previsto, medido, seguro.

Pero, el canciller Zarif, en su visita a Chile, encontrará a una pragmática presidente Bachelet, que le recibirá con algunas reservas. Ahí el pragmatismo será mayor que la solidaridad política.
Chile, sin importar el presidente que tenga, mantiene una política exterior y diplomacia uniformes y centradas en el interés nacional. Los líderes de La Moneda no actúan según los credos partidarios del ejecutivo. Prevalece la nación, el concepto macro, patriótico.

Los chilenos creen en la defensa de los intereses de Chile. No andan montando dramas históricos para victimizarse o embestir a enemigos prehistóricos revividos, cuyos modales parecidos en otros aliados, sí justifican.

Irán tiene derecho a una nueva oportunidad de credibilidad. Tiene derecho a corregir su rumbo, si en algún momento se ha dejado llevar por los radicales. Pero, al igual que Sudáfrica (aislado por el Apartheid), por muchos años, Teherán debe ajustarse y comprender que hay normas internacionales de convivencia que deben respetarse. Ello sirve para ser respetado  en el plano internacional.

¿Por qué les cuesta tanto a los Estados de diplomacia -de-invectivas conducir una política exterior balanceada?

Es mejor respetar que imponerse. Es mucho más conveniente llevarse bien con los que uno discrepa, que vivir enfrentados. Nadie posee la verdad. Por ello es beneficioso respetar lo que crean los demás. 

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