Adolfo Miranda Sáenz
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La desigualdad que reina en nuestro mundo es inmensa. No es necesario ir a Somalia para ver la miseria en que vive la gente muy pobre ni es necesario ir a Dubái para ver el derrochador lujo en que vive la gente muy rica. Encontramos en todas partes pobres y ricos viviendo en abismal desigualdad, incluyendo Europa y EE.UU. Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), menos de 100 personas tienen la misma cantidad de riqueza que los 3,500 millones más pobres del planeta. Este dato revela que la desigualdad es incuestionable.

De acuerdo con el informe de Oxfam titulado “Tenerlo todo y querer más”, la riqueza que posee el 1% más rico de la población mundial, supera la que tienen conjuntamente todas las personas restantes (el 99 por ciento de la población). Leamos el primer párrafo del informe: “La riqueza mundial se concentra cada vez más en manos de una pequeña élite. Esta élite rica ha creado y mantenido su vasta fortuna gracias a las actividades que desarrollan por defender sus intereses en un puñado de sectores económicos importantes. (…) Las empresas de estos sectores destinan millones de dólares cada año a actividades de lobby dirigidas a favorecer un ambiente legislativo que proteja y fortalezca aún más sus intereses. La mayoría de las actividades de lobby que se llevan a cabo en Estados Unidos trata de influir sobre cuestiones presupuestarias y fiscales, es decir, sobre recursos públicos que deberían orientarse a beneficiar al conjunto de la ciudadanía, en lugar de beneficiar los intereses de los poderosos”.

Pero si creíamos que la diferencia entre ricos y pobres era solamente por cuánto dinero tienen, estábamos equivocados. La desigualdad  no se define únicamente por la brecha entre los que tienen más y los que tienen menos dinero. También se evidencia en el acceso a bienes y servicios básicos para la vida, como el agua potable, la electricidad, el saneamiento ambiental, la educación y la salud, entre otros.

A comienzos de este siglo hubo cierta expansión de la economía mundial que ayudó a millones de personas a salir de la pobreza extrema. América Latina registró las tasas más altas de crecimiento económico de su historia; pero aun así, según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), nuestra región sigue siendo la más desigual del mundo. Hay muchísimo dinero, hay gente muy rica en América Latina viviendo junto a gente extremadamente pobre. La clave para poder disminuir efectivamente la pobreza está no solo en el crecimiento económico de cada país, sino también en que los beneficios de ese crecimiento lleguen a todos mediante programas sociales que den acceso a los pobres al agua potable, electricidad, saneamiento ambiental y salud; pero sobre todo a la educación.

Cada país tiene la responsabilidad de hacer llegar a los pobres esos servicios básicos para la vida y superación del ser humano, pero también se levantan otras barreras que dificultan ese acceso.

Además de la desigualdad de ingresos existe también la desigualdad por género, edad, discapacidad, raza, clase social y hasta religión. En esto tiene incidencia la discriminación por diferentes factores incluyendo el machismo, el racismo y los prejuicios sociales. Aunque sus ingresos aumenten, a las personas que además son discriminadas por diversas razones, se les dificulta más que a otros -igualmente pobres- tener acceso a los servicios básicos, principalmente a la educación. Para poner tan solo un ejemplo, las niñas tienen menos oportunidad de asistir a la escuela que los niños. Por eso, la lucha contra la pobreza en Latinoamérica -y en todo el mundo- debe ser también contra el machismo, la discriminación racial y los prejuicios sociales, creando igualdad de oportunidades para todos.

Abogado, periodista y escritor.
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

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