Jorge Isaac Bautista Lara
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La Hna. Glenda es una religiosa que canta “Si conocieras cuanto te amo”. En la letra dice: “Si conocieras cómo te amo, dejarías de vivir sin amor. Si conocieras cómo te amo; dejarías de mendigar cualquier amor. Si conocieras cómo te amo... serías más feliz”. Esto que se canta con un sentido religioso, tiene igual calzadura entre nosotros y nuestros hijos, que en muchos casos no les hacemos sentir y vivir ese vínculo de vida de amor. 

Lo frecuente es descargar sobre los hijos el estrés del día. Sin reparar ni distinguir las cortas edades que poseen. Cuando hablamos de paciencia, no a la manera de  Margaret Thatcher quien, en la búsqueda de objetivos políticos, decía: “Soy extraordinariamente paciente, con tal que al final me salga con la mía”.  Ni tampoco hablamos de la paciencia de espera pasiva, inactiva, ni de la permisibilidad de todo lo que haga un hijo; gentil tolerancia. Es paciencia dinámica y activa; como permanencia y persistencia para con las metas de la educación. Es paciencia de amor comprometido y de construcción. La paciencia como virtud; es unión  de las palabras paz y ciencia. Y claramente en los hijos, no se construye ni se esperan resultados de un día para otro. Decía el escritor francés Jean de la Fontaine “La paciencia y el tiempo hacen más que la fuerza y la violencia”. Es esa paciencia que para la RAE es capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Es tener presentes que nuestros hijos son pequeños o jóvenes. 

Y si son jóvenes y niños, es obvio que harán cosas de jóvenes y niños. Hemos de recordar esas etapas en nosotros, cuando requerimos la atención de nuestros mayores; edades en las que experiencias y análisis fueron más limitados. Que con el tiempo y el continuo de experiencias en la vida nos dieron la visión que hoy tenemos. La verdad es que jóvenes y niños no siempre pueden anticipar las consecuencias de sus acciones que hoy nos resultan tan obvias. Ellos merecen nuestro seguimiento, sin olvidar el respetarles aun al ser corregido. Necesitan de nosotros, a como nosotros necesitamos de ellos. Es paciencia con empatía en su futuro; con visión en la sociedad a la que les tocará vivir. Comprendiendo que “La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces” (proverbio persa). Hemos de tener, en los hijos, la capacidad de advertir persistentemente daños o consecuencias de algunos actos. Para F. Dolto “Tres segundos bastan a un hombre para ser progenitor. Ser padre es algo muy distinto. En rigor solo hay padres adoptivos. Todo padre verdadero ha de adoptar a su hijo”. Al nacer nuestros hijos, nos corresponde la construir los vínculos. Así “El genio puede concebir, pero la labor paciente debe consumar”. Acostumbrarnos a abrazar cada vez que el comportamiento sea el adecuado, y lograr una comunicación más fácil. En las escrituras se dice: “Mejor que el fuerte es el paciente, y el que sabe dominarse vale más que el que conquista una ciudad” (Prv. 16,32).

Un hijo nos llega bajo dependencia total. En el útero se le protegió, luego ha salido al mundo. Y somos nosotros quienes les recibimos. En un mundo donde un recién nacido no está preparado a como lo está un adulto. El vínculo  padres e hijos, es de construcción permanente; en cada momento. Para la construcción de almas. Porque al aceptar ser padres, aceptamos asumir un nuevo rol en la vida; y esto trae cambios interno y externos. De nosotros depende en gran medida que sea positivo, constructivo de nuevas vidas.

Nuestras conductas determinaran las conductas de nuestros hijos. Y nuestro actuar dejará huellas imborrables: nuestra presencia o nuestra ausencia; el expresar cariño o la aplicación de violencia. La misma indiferencia marca. Un padre que maltrata y golpea, generará odio. Porque las emociones en los niños y jóvenes son más intensas; así su enojo es para matar. Sembramos rencores, vacíos, desamparos y un terreno fértil a malos pasos o suicidios. Pues al sentir que se mueren en el día a día por nuestro mal trato, prefieren liquidarse. Y estaremos cultivando la posibilidad de repetir esa generación de odio en sus propias relaciones, al no lograr realizar un balance en la vida, ni controlar sus emociones, acostumbrándose a descargar contra otros. Cuando hemos llegamos el enojo solo quedan dos puertas: golpear y gritar, o la más difícil que es reconocer nuestra rabia y pensar; abriendo en ese momento una puerta superior de entendimiento y compresión entre nuestros hijos y nosotros. A veces perdemos de vista que en el fondo nuestros hijos son gran parte de la razón de nuestras vidas y de nuestra felicidad.

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