Gustavo-Adolfo Vargas *
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América para el americano, es la frase proclamada por el Presidente James Monroe en 1823, así como la Tesis del destino manifiesto originada en 1845, sobre la premisa de que Estados Unidos está llamado a influir y constituir un ejemplo de democracia continental mundial; sobre esto se fundamentaron las doctrinas eje de la política exterior de ese país durante el Siglo XIX.

Estados Unidos, trataba de evitar cualquier tipo de intervencionismo europeo; pero el americanismo y el destino manifiesto aseguraban los intereses de la naciente potencia.

A inicios del Siglo XIX, se les unió el corolario Roosevelt (1904), concretado en la política del Big Stick, con la cual Theodore Roosevelt justificaba abiertamente cualquier intervencionismo estadounidense en America Latina, a fin de garantizar a sus empresas y a sus intereses geopolíticos en plena fase de expansión imperialista de Estados Unidos.

Durante ese mismo siglo, la Unión Panamericana (UP), nacida de la IV Conferencia Interamericana de 1910 (Buenos Aires) y la Organización de Estados Americanos (OEA), que nació en abril de 1948 (Bogotá) sustituyendo a la UP, fueron las instituciones que concretaron ese proceso.

El Presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1945), mantuvo una política de buena vecindad buscando bajar las tensiones generadas por la diplomacia intervencionista anterior.

El Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR) en 1947, dómino la geopolítica americanista del anticomunismo en la esfera militar. Desde la Revolución Cubana (1959), se transformó en instrumento internacional de la guerra fría en América Latina, a este se incorporó otro elemento destinado a garantizar el espacio económico, la Alianza para el Progreso, impulsada por el Presidente J. F. Keneddy (1961-1963).

La OEA no reaccionó ante regímenes antidemocráticos, ni luchó contra las dictaduras latinoamericanas instauradas en 1960 en varios países, mucho menos contra las dictaduras militares del Cono Sur (que aplicaron políticas de terrorismo de estado), acaecidas en 1973, con el derrocamiento del presidente chileno, Salvador Allende.

Durante la Guerra de Malvinas (1982), Estados Unidos apoyo a Reino Unido, a pesar de las disposiciones para la unidad continental suscritas en el TIAR y la OEA.

La pérdida de credibilidad de la OEA y el americanismo vigente se hizo evidente. El proceso de desarrollo de nuevos gobiernos progresistas en la región, que a partir de fines de la década del 90 tomó impulso en los primeros meses del 2000, pusieron en cuestión las prácticas de esta organización continental y buscaron un nuevo marco de integración.

La Unasur (2004/2011), el ALBA (2004) y la Celac (2010), que lograron unir a 33 países de América Latina y el Caribe, pretendieron exhibir una identidad alternativa a la de la OEA.

El ciclo progresista, pretendió de maneras disímiles y con evidentes variantes, retomar principios de soberanía e independencia, que en unos casos se manifestaban más fuertes como expresiones antiimperialistas, mientras que en otros constituían la reivindicación de la posibilidad de desarrollo de políticas heterodoxas.

Pero el triunfo presidencial de Mauricio Macri (Argentina), la derrota de propuesta de reelección de Evo Morales (Bolivia), el impeachment a Dilma Rousseff (Brasil) y las dificultades económicas de Venezuela y Ecuador, conllevan posiblemente el fin del ciclo progresista en América Latina. Las instituciones originadas para desarrollar esa otra integración se verán afectadas por el proceso.

La OEA, ha silenciado la toma de posiciones frente a problemas cruciales que afectan a la democracia en otros países, como la narco política, el paramilitarismo, el tráfico con migrantes o la articulación de los golpes blandos, que desplazaron a gobiernos legítimamente electos.

Resulta evidente que numerosos países que han formado parte del llamado ciclo progresista, atraviesan dificultades, en parte por los propios errores de los gobiernos. Sin embargo, la habilitación a la injerencia, fenómeno que se había debilitado durante los últimos años debería ser una señal de alerta.

La preservación de las instituciones constituidas en foros específicamente latinoamericanos y la Celac, requieren condiciones políticas que habiliten su sostenimiento.


*Diplomático, Jurista y Politólogo.

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