Erick Aguirre
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La Academia de Geografía e Historia de Nicaragua ha publicado el libro Ideas estéticas y políticas de las vanguardias en Nicaragua (1918-1933) Tomo I: Salomón de la Selva, de María Augusta Montealegre. Se trata de la primera entrega de su tesis doctoral defendida en la Facultad de Filología del Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca.
En nota previa Jorge Eduardo Arellano destaca justamente su importancia como “un lúcido aporte al conocimiento del vanguardismo fundacional de Salomón de la Selva”, pues lo reubica “de manera clara y definitiva en el canon de vanguardia en Nicaragua”.

La primera importancia que, sin embargo, personalmente aprecio de esta publicación, es que el mismo Arellano, como crítico e historiador, reconoce la forma “limitante y equívoca” en que historiográficamente se ha clasificado en Nicaragua la figura de Salomón de la Selva durante todo un siglo: como “precursor” de nuestra vanguardia y no (según pretende ubicarlo Montealegre) como el primer poeta vanguardista nicaragüense.

Montealegre ya había adelantado la publicación de un importante fragmento de esta tesis, en el que aborda el ciertamente tenso vínculo de las vanguardias literarias hispanoamericanas de comienzos del siglo XX con el modernismo como escuela literaria y con Rubén Darío como su individualidad más compleja y representativa.

La autora reitera el acierto de establecer (al momento de discernir entre las diversas versiones críticas e historiográficas) una doble interpretación teórica de las vanguardias ante el modernismo, e identifica en Nicaragua dos facetas hasta ahora no bastante claras para ubicar nuestro vanguardismo literario: una “primera vanguardia” prefigurada en Salomón de la Selva como paradigma central, y el movimiento nicaragüense de vanguardia liderado después por José Coronel Urtecho.

Su tesis es la reconfirmación de una reivindicación emprendida por el mexicano José Emilio Pacheco en un célebre artículo publicado originalmente en dos entregas hace ya casi cuarenta años (“La otra vanguardia”: revista Proceso, México, 8 y 15 de abril, 1978), reproducido fragmentariamente por Revista Iberoamericana en 1979.

Montealegre despunta en su tesis con el respaldo contundente y primordial del argumento de Pacheco, quien proclamó y demostró en su libelo la existencia marginal, desde los años veinte, de una vanguardia hispanoamericana casi inadvertida, de tendencia realista (“no surrealista”), influenciada por la New Poetry norteamericana.

Según Pacheco, al margen de la vanguardia de incitación europea, a inicios de los veinte apareció subrepticiamente en la poesía hispanoamericana “otra vanguardia”. Sus fundadores –afirma– fueron el dominicano Pedro Henríquez Ureña, el nicaragüense Salomón de la Selva y el mexicano Salvador Novo. 

De los dos últimos destaca como libros clave El soldado desconocido (1922) y Espejo (1933), pero resulta significativo que insista en subrayar que Novo aprendió de Salomón la posibilidad de expropiar para los fines de la propia lengua, y dentro de su molde, la dirección poética angloamericana, tal como los modernistas habían ampliado el repertorio castellano con ciertos recursos tomados de la poesía francesa,

Citando a Carlos Pellicer, Pacheco recuerda que El soldado desconocido tuvo un enorme impacto entre los poetas jóvenes hispanoamericanos, “como introductor de libertades y maneras de expresión”. Es innegable –dice– que en ese libro está esa otra vanguardia inadvertida.

“La guerra anti-heroica ha engendrado una poesía antipoética en que lo primero que se desplaza es la representación del poeta mismo como hablante… Escribir no es jugar al pequeño dios, sino una debilidad y una vergüenza. Una manera de expiarlas es bajar al reino de los suelos y describir lo que sucede a ras de tierra”.

Partiendo de ese planteamiento, aunque ampliándolo argumentalmente, enriqueciéndolo y reforzándolo con diversas fuentes teórico literarias, Montealegre se ubica en Nicaragua y cuestiona el intento de la crítica (o de la historiografía) nicaragüense de perpetuar la exclusión de Salomón de nuestro canon vanguardista.

“A Salvador Novo se le rescata en su país, mientras Salomón no es reconocido como miembro de la vanguardia en Nicaragua”, afirma, y se pregunta por qué, a casi un siglo de El soldado desconocido y a cuarenta años del artículo de Pacheco, no se le incluya de manera clara en el canon de vanguardia.

Debo confesar que antes solía considerar a Salomón solo un poeta postmodernista, y solía también repetir cierto reproche por una absolutamente justificable decisión política en sus últimos años de vida. Pero los argumentos de Pacheco y la tesis de Montealegre me han puesto a ras de tierra, y ahora intento reconocerlo en este infausto reino de los suelos.

* Escritor y periodista. 

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