Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Una célebre actriz británica, en acto que le honra, publicitó su secreto mejor guardado: tenía años usando peluca, porque el estrés de su vida le había producido alopecia.

Es milenaria la obsesión del humano con su pelo. Los egipcios antiguos se rapaban y usaban adornos para cubrir sus afeitados cráneos, incluyendo falsas y simbólicas barbas.

La peluca moderna la inventó un rey calvo, acomplejado de que sus súbditos le vieran la cocorota pelada y brillante. Para evitarlo, mandó hacer el popular y difundido accesorio.

Tenemos millones de años perdiendo pelo. Desmond Morris, en su obra El Mono Desnudo, intentó explicar cómo, siendo originalmente primates peludos, habíamos terminado lampiños, con porciones de pelo concentradas en ciertas áreas corporales.

Si para los egipcios antiguos ir rapados era lo elegante, la sociedad actual ha sacralizado el cabello, a tal punto que curar la calvicie es objetivo axial de empresas farmacéuticas.

No malaria, sida o Zika. Fondos multimillonarios para hallar cura a la calva. Dato de vergüenza que no avergüenza a nadie, pues muchos temen más calvicie que malaria. 

El cine está lleno de actores que terminaron calvos. Sean Connery, de calvicie prematura, hacía agónica la filmación de sus películas de OO7, pues a cada rato perdía el peluquín. ¿Quién admiraría a un superagente calvo como sandía?

Quizás la fijación capilar provenga de nuestro cerebro mamífero, que sigue equiparando virilidad, belleza y vello profuso. Da igual. Pelones o peludos, lo importante es ser feliz.

az.sinveniracuento@gmail.com

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus