Orlando López-Selva
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¡Qué bien estuvieron los juegos olímpicos de Brasil! Y no por las gestas y la gloria de los diversos atletas que en todo momento fueron ennoblecedoras, valerosas, y extraordinarias.
Sino, a pesar de las dudas e incertidumbres, tantas veces sembradas por toda la prensa de habla inglesa, que había bombardeado y prejuiciado al mundo entero con sus innobles comentarios e interrogantes.

Incluso llegaron a hacer una lista enorme de cuestionamientos: 1) el Zika; 2) la crisis política; 3) la lentitud de la construcción de los estadios; 4) las condiciones sanitarias de sitios acuáticos, infraestructuras; 5) la inseguridad de las ciudades; 6) la mala organización; 7) el incumplimiento de los organizadores con el plan establecido por el Comité Olímpico Internacional.

Desde el New York Times, el Washington Post, El Daily Telegraph,  la BBC, hasta la prestigiosa revista The Economist plantearon la posibilidad de suspender los juegos y hacerlos en otro lugar “más ordenado y menos riesgoso”.

Toda la prensa anglosajona se enfrascó en querer presentarnos un situación caótica que solo traería inseguridad y vergüenza para la gran familia olímpica mundial. Pero no fue así. Al contrario. Desde su inauguración, los brasileños hicieron gala de la organización, el denuedo y el buen sabor que le ponen a todo lo que hacen.

Así, los primeros juegos olímpicos celebrados en tierras suramericanas se llevaron a cabo con exactitud, corrección, orden, gracia, colorido. Por cierto, estos dos últimos elementos nunca saldrían a relucir en los juegos de Londres o cualquier ciudad Nord-europea.

Las olimpiadas en Brasil fueron toda una fiesta de encanto y policromía. El mundo entero zambó con los colores verde, amarillo, naranja y azul que solo los brasileños saben pintarle a  todo emprendimiento.

¿Y quién dice que las nórdicas urbes frías hoy no sean más  peligrosas que las vistas-de-menos, alegres ciudades latinoamericanas?

Obviamente que tras esos cuestionamientos habituales de los anglosajones hacia los países latinos o del Sur, revelan un cierto hilo de arrogancia y desdén.

¿Acaso, la ética de los países ultradesarrollados es un modelo de perfección porque ellos tengan más recursos o sean más fríos, organizados, y controlados, que el resto de la humanidad?

¿Qué va a pasar con todo el panteón de héroes de la razón, el sentido de progreso, el elevado pensamiento filosófico y los grandes creadores del arte occidentales (¡que por cierto, admiro y valoro, pero igualmente cuestiono!), y sean suplantados por  los ídolos y adalides de la ciencia, la tecnología y la cultura provenientes de China, India o Corea del Sur?

En realidad se había hecho una alharaca alrededor de la celebración de estos juegos, que lo único que se lograba era  que la gente tuviera temor y dudas. Pero los brasileños mostraron su empeño. Los organizadores se sintieron más presionados para sacar adelante una obra y obtuvieron magníficos resultados. Toda la cizaña mal sembrada, se pudrió sola. Y nada entorpecedor ocurrió.

Se ha demostrado que el trabajo administrativo y el orgullo y dignidad mostrados por los encargados de realizar estos juegos, estuvieron por encima de toda influencia política, social o de cualquier otro tipo.

Río hoy es una ciudad con una plusvalía gigante de honor, eficacia, y alto prestigio, que la ponen a la par de las urbes que sí superan escollos y contratiempos.

¿Por qué únicamente puede haber grandes eventos internacionales en países anglosajones o en Francia, Alemania o Australia, para asumir que solo ellos pueden hacer las cosas bien?

Brasil, en sus ceremonias de apertura y cierre y todos los eventos deportivos, confirmó su calidad no solo organizativa, sino su alta calidad gerencial. Dio testimonio, sin igual, de su determinación como nación.

Para mi gusto estético, los juegos olímpicos de Barcelona y Beijing también mostraron la grande imaginación, la gracia y la fascinación que sus culturas poseen. Además que exhibieron la abundancia de magia y encanto propios que no necesariamente tienen que estar imbuidos de rigidez, altivez o amaneramiento frío y controlado.

Aunque en el cuadro de medallas quedaran las grandes potencias en los primeros lugares: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Alemania, Japón. Para mí, Brasil se merece una medalla muy especial por la entrega, la calidad y la pasión de su trabajo mostrado en la realización de estos juegos olímpicos.

Después de todo (o como muy frecuentemente sucede, el arte se adelantó a la realidad): Río de Janeiro confirmó ser una ciudad maravillosa ante los ojos de toda la humanidad.

¡Felicidades Brasil por tu determinación, gallardía, buen gusto,  dignidad, y por confirmar que fuiste un anfitrión de primera!

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