Francisco Javier Bautista Lara
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La paz es el bien más preciado, no “la paz de los sepulcros”, -como escribió el poeta español José de Espronceda-, sino la basada en la justicia, Juan Pablo II dice que “no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”, según Einstein, no puede encontrarse por la fuerza, solo por la comprensión; Gandhi reconoce que “la paz es el camino”; para Juárez es “el respeto al derecho ajeno”, según Emerson “nada puede traerte la paz, sino tú mismo”, el Buda afirma: “viene de dentro y no de afuera”.

La paz social es frágil, requiere esfuerzos permanentes, tolerancia y diálogo para ser sostenible.

A veces no se valora su importancia cuando existe, se añora, -como la salud-, cuando se va.

¡Colombia, por fin!, logró negociar la paz (La Habana, 24/8): “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, concluye una de las tragedias que desangró el país casi seis décadas. Abre una etapa histórica que no carecerá de obstáculos. La paz no se decreta, se edifica y renueva. Requiere justicia, equidad e inclusión, abrirse a la participación efectiva y al acceso a la riqueza, obliga modificar los rígidos modelos socioeconómicos de exclusión, raíz de la violencia, cercenar los privilegios de quienes ostentan el poder político y económico, no es fácil.

Hace tres años publicamos: Centroamérica y expansión de Colombia, refiriéndonos al vecino más grande y poderoso de la Región, -después de México-, ante la proximidad de finalizar el más largo conflicto armado de América Latina, cabía congratularse por tan ansiada perspectiva, pero también valorar las circunstancias futuras, el nuevo escenario interno y externo, el potencial expansivo económico y político que permitirá.

La paz, a pesar de los inconformes, devuelve esperanza y tranquilidad a miles de familias, trae desarrollo económico y oportunidades. Colombia ve en Centroamérica y El Caribe, su área natural e inmediata de expansión, comprará negocios, instalará empresas, participará en actividades diversas, influirá en la cultura, la música, la literatura, el cine, la televisión... Lo ha venido haciendo, ahora, en el favorable contexto que inaugura, podrá incrementar esa capacidad.

Muchas compañías nacionales y regionales cambiarán de dueño, es posible que el control financiero y gerencial pase a Bogotá.

Muchas comunidades convivieron con la guerra y sufrieron la coerción oficial y no oficial, acumulan hábitos, traumas, resentimientos y desconfianza profunda, interpersonal, social e institucional, hacia la sociedad y el sistema. ¿En qué creen? Hay una carga sicosocial  difícil.

Dicen: “Solo el tiempo cura las heridas”; lo que sucede es que se termina reconociendo lo que ha cambiado, adaptándose a nuevas realidades. ¿En cuánto tiempo? Mientras tanto, habrá tensiones, costos –menores que la guerra-, quizás nuevos grupos violentos, remanentes del conflicto, generarán peligros dispersos.

Consecuencia inmediata será la expansión económica externa. La magnitud de Colombia con respecto a Centroamérica es evidente. C.A. (46.7 millones h.), poco menos población que Colombia (48.3); la extensión de Colombia (1.1 millones km. c.), 2.2 veces mayor que C.A (533,760 km. c.); el PIB (2015) colombiano es (US$292.1 miles de millones) 30% mayor que el de las siete economías (US$226 mil millones). El IDH (2015) ubica a Colombia, Panamá y Costa Rica (dos últimos con mejor indicador), en alto nivel de desarrollo humano mientras al resto de C.A. está en nivel medio. Colombia registró (2011-15) crecimiento anual de 4.6% (desaceleración en últimos años), C.A. fue mayor de 3 (Nicaragua y Panamá, superan 4 y 5% respectivamente). El fin del conflicto puede permitir después de cierto estancamiento, la expansión del PIB colombiano.  

¿Cuál es la magnitud de los flujos financieros ilícitos? Una estimación para Centroamérica en 2013 calculó 38 mil millones de dólares (19% PÍB). Dos de cada diez dólares provienen de mercados ilícitos, incluido narcotráfico. Si esa relación fuera válida para Colombia, hablamos de 55 mil millones, 4.2 veces el PIB de Nicaragua. El país del sur ha requerido de esos enormes flujos en su economía.

Consecuencias adicionales de la paz en Colombia son, entre otras, la reducción de la Policía y el Ejército, y la modificación del modus operandis del narcotráfico, los cárteles aprovecharon el conflicto e imposibilidad del Estado de controlar el territorio, para permanecer en la extensa y heterogénea geografía colombiana. La recuperación del espacio nacional, la presencia de autoridades locales y la organización social, cambiarán el escenario y los mecanismos para el cultivo, producción y tráfico de coca, sin que sea posible eliminarla porque la demanda principal en el Norte crea la oferta, continúa siendo el motor de uno de los más vigorosos y dañinos negocios de las últimas décadas. Tal vez reduzcan el flujo de droga por Centroamérica, recurran a rutas alternas y cambiantes, volúmenes menores en cada envío y mayor fragmentación de cárteles, lo que dificultará actuar sobre más grupos dispersos y descentralizados.

Una nación tan próxima con esa magnitud y perspectiva, extenderá en consecuencia, su influencia política y económica hacia Centroamérica y el Caribe, fragmentados en muchos países pequeños, a pesar de esfuerzos de integración persiste una incipiente cohesión.

www.franciscobautista.com

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