Galo Muñoz Arce
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César Vallejo, nace en Santiago de Chuco,  Perú,  en 1892 y muere en París en 1936,  en un estado de indigencia. Sin duda  uno de los  poetas contemporáneos, más controvertidos de América Latina.  Su obra ha sido  objeto de comentarios, críticas, seminarios y coloquios literarios.

Vallejo, es un poeta humanista, el ser humano es su fuente de inspiración y el eje de sus preocupaciones. Pero este humanismo no es lineal sino que nace en la desesperación metafísica del hombre individual (en este caso el mismo poeta) y continúa en el descubrimiento gracias al marxismo del hombre verdadero, de ese ser social más justo y solidario que vivirá en el socialismo que hoy se anuncia como utopía, en los sueños de libertad de la clase trabajadora y los  movimientos sociales.

Otros elementos básicos de la poesía Vallejiana son la religiosidad popular de los primeros cristianos y un Dios humanizado, convertido en niño gracias a la magia de la palabra; ese niño comparte con el pequeño César, el hambre, la soledad y un sentimiento irremediable de orfandad y desamparo, en un pequeño rancho de Santiago de Chuco.

Su poesía es por sobre todas las cosas, la expresión de la belleza; es un duro bregar con las palabras para producir nuevas sensaciones y emociones: sonidos que nos devuelven la fe en el ser humano; versos que trascienden  más allá del tiempo y la distancia.

En 1919 publica  “Los Heraldos Negros”, cuya temática gira sobre: Dios, el amor, su complejo de Edipo y el ser humano como realidad existencial. “Dios no es el ser omnipotente que todos conocemos sino un niño desamparado que sufre hambre y frío, que puede enfermarse y a veces se encapricha y juega con el autor en su rancho”.

El amor en “Los Heraldos Negros”, es un sentimiento contradictorio; es a la vez  placer y sufrimiento. Vallejo es un niño terriblemente solo; el hombre está destinado a sufrir y es constantemente golpeado por el destino.

Entre sus obras más emblemáticas están, Tres…triste…dulce: Trilce, Poemas Humanos o la Búsqueda del Sentido,  España, Aparta de mí Este Cáliz, en este último el autor hace alarde de un vanguardismo sin precedentes en la literatura de habla hispana.

Vallejo mira horrorizado la barbarie de la guerra, ve cómo mueren miles de seres inocentes, presiente la caída de  la “Madre España”, en manos del fascismo, pero no pierde su convicción mesiánica. Al final de la guerra el combatiente muerto,  por el  milagro del amor de la humanidad entera, resucitará, abrazará a su prójimo y comenzará a andar.

Dios mío y esta noche sorda, oscura.
Ya no podrás jugar porque la tierra
es un dado roído y ya redondo
 a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

En su poemario “Nostalgias Imperiales”,  Vallejo rompe el esquema modernista de los primeros versos del poeta y revela por primera vez un serio intento por devolver la palabra al pueblo indígena.  La vida de los indios está asociada al recuerdo de  la aldea natal, donde la gente se funde con la naturaleza, en su trabajo diario, y donde:

Más allá de los ranchos ruge el viento
el humo oliendo a sueño y a retablo
como si se exhumara un firmamento.

Vallejo evoca la figura de los indios como una preciosa herencia del pasado anclado en el recuerdo, detrás de la vida miserable que llevan como conciertos de las haciendas cercanas, ve los rasgos de una cultura milenaria que sobrevive en el tiempo y que muestra toda su grandeza en el trabajo cotidiano. Así:

La anciana pensativa, cual relieve
de un bloque preincaico, hila que hila;
en sus dedos de Mama el huzo leve
la lana  gris de su vejez tranquila

Vallejo es un revolucionario en su concepción estética, en su militancia política y en su discurso literario. Es un dinamitero del lenguaje: inventa neologismos, construye metáforas absurdas, rompe con los formalismos y logra emocionar al lector.

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