Mónica Wheelock
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En mi experiencia de cuatro años en Nicaragua como psicóloga infantil especializada en educación emocional, me ha impresionado encontrarme con una variable tan común para muchos de los casos que atiendo: El maltrato infantil como norma.

He podido apreciar en estos casos que son evidentes los antecedentes culturales de la mente patriarcal y el autoritarismo a nivel familiar e institucional. Hemos nacido y crecido en un caldo de cultivo ideal para irrespetar nuestra vulnerabilidad como niños/as, mentalmente condicionados para continuar repitiendo la historia con nuestra propia descendencia.

Venimos a la vida por partos o cesárea y desde esos primeros momentos no se respeta la necesidad de apego, separando al bebé de la madre a veces por días. Nuestra naturaleza humana ha sido completamente alterada por la intervención en ocasiones agresiva y soberbia de un personal médico que patologiza el evento más natural que es dar vida, a tal punto que las madres primerizas no se pueden conectar con su sentido común y llenas de inseguridad y temor se estrenan en una maternidad herida y frágil.

Las políticas públicas de nuestro país deberían promover la lactancia materna exclusiva y duradera en lugar de obligar a las madres a dejar a sus pequeños al cuidado de alguien más para volver a sus trabajos a los dos meses del parto. Porque así comienza el sufrimiento de tantas personas en su primera etapa en esta vida, lejos del calor y del pecho de la madre y obligados a postergar sus necesidades diurnas a la espera del gran amor que regresa a casa cada noche exhausta. Tantos llantos ignorados por la incapacidad de comprender la comunicación primaria de un bebé, y por la opinión de toda una cultura que me grita que “si chineo mucho al niño lo estoy mimando”, que “si atiendo el llanto me manipulará”, que “si llora mucho es bueno para los pulmones”, que “mi vida de pareja no puede quedar en segundo plano”, etc.

Este escenario se acompaña muchas veces de una paternidad ausente afectivamente por los propios mandatos de género que prohíben a los hombres ser sensibles y expresarse emocionalmente, y que limitan el desarrollo de habilidades parentales al impedir a los niños los juegos relacionados con la paternidad, el cuidado de los bebés o las labores del hogar.

Cuando el niño o niña van creciendo y muestran sus primeros signos de frustración, a través de manoteos, palmadas, pataletas, ello se malinterpreta como “malacrianza” y muchos padres empiezan a abusar de su poder, golpeando a los niños o devolviéndoles el manotazo para que comprendan qué se siente cuando te pegan. Ningún niño puede verbalizar su frustración, explicar cuáles son sus carencias afectivas, y su única forma de comunicación será el llanto y las conductas consideradas como inadecuadas por los adultos.

Y cuando la madre o padre, como figuras de apego, golpean, dan palmazos, chancletazos o nalgadas a sus hijos luego de una conducta considerada como “mala”, sucederán cuatro cosas a nivel psicológico:

1.- Los padres que fueron hasta ahora  figuras de afecto y protección, se convertirán en un segundo en figuras amenazantes,  generando miedo y por lo tanto estableciendo desconfianza y un distanciamiento afectivo del niño a sus padres, frustración que se incrementará con cada nuevo golpe.

2.- La supuesta conducta inadecuada (que muchas veces es natural, parte del desarrollo o la respuesta a un modelo disfuncional) cambiará quizá a corto plazo por el terror que el niño o niña sintió ante la agresión física, pero que a largo plazo tenderá  a agudizarse por la natural lesión en la confianza de la relación padres-hijos.

3.- Se aprenderá y legitimará el golpe como un mecanismo válido de respuesta ante cualquier estímulo desagradable,  y este niño o niña responderá con golpes a  otros niños o figuras que sienta más frágiles o en su adultez repetirá la historia con sus propios hijos, validándose así el sistema de trato autoritario entre las personas.

4.- Se construirá una autoimagen negativa y se afectará el sentido de autovalía y autoestima en el niño/a.

El miedo pasará a ser dominante en nuestra relación primaria, la más importante e influyente de las relaciones en nuestra vida, y se nos empujará a la ciega obediencia y a ejecutar órdenes de adultos que siempre tienen la razón. A través de la escolarización se fortalecerá aún más la premisa de que “si soy obediente soy buen niño” y que “no debo jamás cuestionar a un adulto” a riesgo de recibir un castigo.

Hemos heredado modelos de crianza totalmente disfuncionales con un establecimiento de límites dramático y traumático, y cuando un porcentaje muy elevado de familias responden que actúan así porque son buenos cristianos y porque la Biblia dice: “con vara corregirás”, el papel de la sicóloga queda completamente limitado a una supuesta “voluntad divina”.

Es así como se construyen personalidades peligrosamente obedientes, como reflejo precisamente de una cultura perpetuada de generación en generación. Pero a la vez, hay una corriente creciente de personas con interés en desarrollar una nueva forma de parentalidad, personas que están tomando consciencia que en el guión subconsciente de mandatos y conflictos en su propia niñez radican las respuestas de las conductas disfuncionales de sus propios hijos y este es el comienzo de un verdadero despertar.

*Psicóloga especializada en Educación Emocional y Mindfulness.

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