Erick Aguirre
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La Academia Nicaragüense de la Lengua ha decidido hacer miembro de número al poeta Francisco de Asís “Chichí” Fernández, antes miembro correspondiente y desde hace años figura visible de nuestro entorno cultural como presidente del Festival Internacional de Poesía de Granada.

|A Chichí siempre se le ha visto como un hombre emprendedor, capaz de movilizar a una legión de poetas hacia uno de los destinos turísticos más bellos de Nicaragua. Suya es la empresa cultural que constituye ese Festival, del cual es alma y nervio junto a su esposa, la también poeta Gloria Gabuardi.

Desde que trabajó en publicidad en los años sesenta y setenta, y residiendo en el extranjero, cuando se involucró en los movimientos de apoyo internacional a la revolución sandinista, había en él una veta visible de promotor cultural.

Pero su nombre, o más bien su sobrenombre, está ligado no a una larga tradición de promoción del arte y la poesía en Nicaragua, heredada de su padre, el poeta y teatrista Enrique Fernández Morales, sino también al ejercicio directo y a la profesión pasional de la poesía.

Sus inicios literarios, que se remontan a la década sesenta, lo revelaron como un poeta de impetuosa e inocente rebeldía juvenil. Esa primera poesía, contenida sobre todo en los libros: En el cambio de estaciones (1962) y A principio de cuentas (1968), era una celebración de la juventud y destilaba cierta despreocupación o desfachatez ante las gravedades de la vida. Por eso era, como bien lo apunta la crítica de la época, tan fresca e inocente.

“Es un poeta básicamente conversacional que, con objetividad fotográfica, narra su adolescencia”, apunta Beltrán Morales en una reseña crítica de 1973. Para Morales, el texto “Ars poética de los viejos nicaragüenses”, incluido en su primer libro, refleja “un intento lúcido de juzgar –poética y políticamente– a los que nos han precedido en el oficio de pensar y escribir”.

Con todo, Beltrán apreciaba en su mejor dimensión las “sanas y permanentes” influencias de los poetas Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal y Ernesto Mejía Sánchez. En el primero por la notable adjetivación reiterativa de algunos versos; en el segundo por los giros coloquiales o conversacionales y la temática amorosa-juvenil que recuerda los Epigramas, y en el tercero por la impecabilidad en la factura del poema en prosa titulado “Nota de vida”, que según Morales bien pudo firmarlo el autor de “La impureza”.

Se recuerdan mucho algunos de esos poemas de Fernández, como “Biografía de Honey” y “Mi primo Chale”, así como otros que hablan de chicas bellas y enamoramientos juveniles; encuentros y desencuentros felices, paseos en motocicleta por la ciudad de Granada, juegos de boliche y de béisbol, conversaciones alegres con las muchachas “sobre el twist, el rock and roll, el amor y la próxima fiesta”.

Pero luego la poesía de Fernández empezó a asumir cierta gravedad política; sobre todo en La sangre constante (1974), Pasión de la memoria (1986) y en el post-revolucionario Friso (1997). Muy probablemente las circunstancias de la lucha contra la dictadura de los Somoza y el advenimiento de la revolución sandinista afectaron todo y a todos, incluido Fernández.

Fueron probablemente las mismas razones por las que emprendió el trabajo (literariamente generoso, y raro entre nosotros) de compilar una Antología de la poesía política nicaragüense, que tuvo dos ediciones, una en México, en 1978, y otra en Managua, en 1986.

Se ha subrayado ya que las palabras “celebración” e “inocencia” tienen especial connotación en la elipsis del trabajo poético de Fernández a través del tiempo, pero de sus últimos libros se derivan también otras ideas o sentidos un poco más graves, o diríamos existenciales. Algo que denota la profunda reflexión que, en determinado momento, este autor ha realizado respecto a su propia obra, sin menoscabo del tono fresco y siempre celebrativo (aunque a veces pesimista) que le imprime a sus poemas.

En Celebración de la inocencia (2001) reunió toda su obra poética escrita y publicada hasta finalizado el siglo veinte. Si lo hizo porque consideraba que en ese punto estaba llegando a una especie de “parte-aguas” en su poesía o por la significación de la fecha o por ambas cosas, es algo que da para especular.

Lo cierto es que después ha publicado Espejo del artista (2005), Orquídeas salvajes (2007), Crimen perfecto (2011) y Luna mojada. Actualmente leo su más reciente poemario: La invención de las constelaciones, que me ha deparado sorpresas ya un poco adelantadas en sus entregas esporádicas por Facebook.

Al leerlo me percato de que no hubo tal parte aguas: su poesía sigue siendo de celebración, y aunque filtre por todos lados madurez y hasta cierto pesimismo, siempre seguirá siendo inocente.


* Escritor y periodista.

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