Jorge Eduardo Arellano
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Daysi Salgado, directora de la biblioteca del Colegio Centro América, con motivo del centenario de este centro educativo, me ha solicitado evocar a los profesores de la promoción de 1964. En primer lugar, a Pedro Miguel —nacido en Argentina de padres españoles—, un hombre casi santo que nos impartió las clases de religión y francés.

Luego a Pedro Moraza. De convincente labia, enseñaba preceptiva literaria que incluía lecciones de cine y oratoria. En el fondo, quería hacer de sus alumnos de quince años futuros líderes. Por eso se empeñaba para actualizarnos en cinematografía y reconocer, por ejemplo, el politeísmo de la vedette; y para que aprendiésemos de memoria discursos célebres, como el de José Antonio Primo de Rivera: “Cuando veníamos aquí por estas calles —comenzaba— hubo quien, sin duda con el ánimo de molestarnos, nos dijo: ¡Salud y revolución!...”. En mí advirtió un gesto peculiar del líder político ecuatoriano José María Velasco Ibarra. Un discurso mío, pronunciado una mañana de septiembre, frente a la fachada del colegio y ante los alumnos de secundaria, versó sobre los aportes literarios de Centroamérica y Nicaragua: corto y contundente, mereció no pocas felicitaciones, entre ellas la del maestrillo Carlos Chamorro Coronel, quien nos enseñaba cosmografía e inglés.

Mucho más significativa fue la impronta en mí —y seguramente en todos mis condiscípulos— de Carlos Caballero, excelente profesor de historia y literatura, aparte de predicador excepcional. Cada sábado, dentro del Salón de Actos convertido en capilla, su palabra nos deleitaba y fortalecía espiritualmente. Pero en sus clases casi diarias aprendimos a ejercer el amor a España y a su Siglo de Oro. Su pasión contenida y capacidad de evocación nos trasladaba al Escorial de Felipe II y nos refería los detalles y la trascendencia del desastre de la Armada Invencible, como si se tratase de un hecho reciente. También exteriorizaba su admiración a Unamuno y, desde luego, a Rubén Darío, sobre todo a través del poema —que nos leyera en otra ocasión— “Letanía de Nuestro Señor don Quijote”. Además, Caballero nos inculcó su sincero y vehemente antiyanquismo —que enlazaba con la tradición histórica de nuestro pueblo.

Si Caballero fue para nosotros todo un catedrático, no lo fue menos Ignacio Astorqui al enseñarnos materias científicas, auxiliado con láminas a colores. De hecho, además de buen amigo, era un investigador entregado al estudio de la Ichthyo fauna del Gran Lago y, concretamente, de los tiburones. Ejemplares de estos cetáceos, adormecidos, yacían en la pila del Patio de Ídolos para su examen y más de una vez llegué a tocarlos.

Nuestro profesor de filosofía en cuarto y quinto curso fue el padre Joaquín Otazu, cuyo cargo era “Prefecto general de espíritu”: sin duda, era el más indicado para ejercerlo. Los maestrillos José A. Sanjinés e Ignacio Zubizarreta nos enseñaron, respectivamente, matemáticas y física. El álgebra en tercer curso lo impartió Amando López, La Piocha: en los años 80 rector de la UCA y uno de los mártires de la Universidad José Simeón Cañas de San Salvador. Demás está decir que todos eran españoles.

En los tres primeros cursos de secundaria Teófilo Aldaz nos enseñó, por cierto muy bien, la asignatura de geografía. Yo fui uno de sus mejores alumnos y siempre mi nota en los exámenes fue la máxima. No obstante, una vez —seguramente por mala conducta— me aplicó su castigo predilecto: el retorcimiento simultáneo de las orejas.

No quiero olvidar a dos profesores laicos y nicas: al abogado Alejandro Barberena Pérez, nuestro profesor de historia de América en tercer curso; y a Frank López, inmejorable maestro de matemáticas en quinto curso. Para concluir, diré que el Centro América promocionaba actos públicos en el Salón de Actos, cuyo friso plomo mostraba retratos de cuatro glorias literarias de Occidente: Sófocles, Dante, Shakespeare y Calderón de la Barca. Se trataba de frecuentes espécimes en primaria —preguntas y respuestas, declamaciones, lecturas, concursos de ortografía— y proclamaciones de premios y puestos en secundaria. Ambos constituían pedagógicamente verdaderos estímulos. A veces el protagonista era un conferenciante extranjero. Tal fue el caso de Doris Dana, la compañera estadounidense de Gabriela Mistral, el viernes 4 de agosto de 1961. En cuanto la dignidad de Príncipe perpetuo, otorgada en la proclamación anual de premios, la recibían aquellos alumnos que hubiesen alcanzado la puntuación más alta de los cinco cursos de bachillerato. En mi promoción obtuvo esa dignidad Salvador Velásquez, de Chinandega; pero ya se le designaba Primer Bachiller.

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