Augusto Zamora R.*
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Preguntaron, no hace mucho tiempo, a un presidente latinoamericano, en entrevista abierta, qué libro le había marcado más su vida. El presidente se quedó mudo, helado.

Pasaron varios minutos antes de que tartamudeara que la Biblia, sin especificar más. No hace falta comentar la perplejidad provocada por el hecho. Tampoco la de chistes generados.

La anécdota da para muchas reflexiones, pero interesa, ahora, la referente a la pregunta. ¿Basta un libro para provocarnos una marca, un cambio cosmogónico, una catarsis?

Una respuesta coherente dependerá de factores tan aleatorios como el número de libros leídos, edad de lectura, nuestro particular nivel educativo-cultural, el estado de ánimo…

Ocurriría con un libro un proceso similar al del hambre. Ahítos, ningún plato parece apetecible. Famélicos, el pan más duro, la tortilla más áspera sabrían a gloria celestial.

Necesitamos comer todos los días, por exigencias orgánicas, no así leer, que a muchos les resulta aburrido y  demente. Si se les preguntara lo mismo que al presidente su respuesta sería similar: la mudez. 

La vanidad hace duro reconocer públicamente que ningún libro nos ha producido efecto particular alguno porque, simplemente, no se ha leído ninguno. 

Un lector pertinaz y asiduo respondería, con seguridad, que sería inadecuado mencionar un libro sólo, porque habría varios, quizás decenas de ellos, según edad, momento, hora.

Jorge Luis Borges era recurrente en el tema de libros, él, que había bebido y vivido, literalmente, rodeado de ellos. Es tan fácil la respuesta…

az.sinveniracuento@gmail.com

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