José Márquez Ceas
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Para los antiguos griegos "el destino" era representado como tres bellas hermanas (Cloto, Láquesis y Átropos) conocidas como Moiras, que deparaban las suertes y desgracias a los seres humanos. Cloto y Láquesis hilaban con una rueca y un huso el hilo de la vida de cada ser humano y determinaban su extension (edad). Cuando Átropos cortaba uno de los hilos, significaba la muerte de la persona a la que correspondía ese hilo.

En la actualidad,  muchos conciben "el destino" como una fuerza desconocida e ineludible que actúa inevitable y compulsivamente sobre las personas y los acontecimientos para alcanzar un fin fatal que la persona no ha escogido voluntariamente. 

La creencia popular de que el destino gobierna las vidas de las personas es aprovechada por sujetos inescrupulosos que realizan prácticas fraudulentas. Abundan los charlatanes, videntes, agoreros, mediums, brujos, vendedores de amuletos y talismanes, quirománticos, lectores de la bola de cristal, de los posos de café, del tarot y de las runas, y astrólogos hacedores de horóscopos, que obtienen pingües ganancias explotando la credulidad popular.

Los occidentales conciben la predestinación como una situación donde el individuo no escoge libremente las decisiones que le lleven a la plena realización de su ser. Se cree que el predestinado ya tiene trazado su destino, como sujeto activo o pasivo de una tarea o acto, que al final puede resultar digno de elogio, de repudio o de conmiseración.

Por su parte, los orientales creen que el "karma" determina el destino en esta vida y en las vidas futuras, de acuerdo con la creencia hinduísta, en la reencarnación y la transmigración, según las cuales el Alma prosigue incesantemente el cíclo de nacimiento, muerte y renacimiento ("samsara").

El budismo señala que cualquier persona que crea que su destino está predeterminado no tendrá una vida feliz, a menos que practique la enseñanza de Buda (el Dharma), que gira y se traslada como una rueda de un lugar a otro según las condiciones e inclinaciones kármicas de las personas. 

Nuestra posición personal sobre el destino la queremos ilustrar con dos frases que asumimos como propias: la primera, del poeta y editor británico, William Ernest Henley (1849-1903), dice: "Yo soy el dueño de mi destino; yo soy el capitán de mi alma"; la segunda, del escritor, poeta y periodista norteamericano Stephen Townley Crane (1871-1900), dice: "El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino".

*Economista

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