Lesli Nicaragua
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Sucedió en el país cuyo mayor orgullo es ser considerado el Estado más soberano, moderno y respetuoso de las libertades individuales, todo en el amplio sentido de los conceptos, y al que se cita cada vez que se habla de democracia y derechos humanos. Pero la escena, que se ha perpetuado en los espejos de tanto repetirse, es clara: cuatro policías obligan a una mujer musulmana a quitarse su velo en una playa del norte de Francia y, aunque lejos de cualquier violencia, la imagen denota la acritud con que se actúa ahora con todo lo que se acerque al islam. 

Esto demuestra dos aspectos opuestos a las libertades fundamentales, que son las más sagradas y por tanto más respetadas. Primero, que bajo los criterios de salvaguarda nacionales, incluso la vestimenta es considerada hostil, pero, y eso es lo suspicaz, solo si esta es característica de ciertos países musulmanes, como fue el caso de la mujer vejada por la fuerza policial, que portaba un hijab (cubierta), que no es siquiera una pieza específica, sino una norma que se adapta a diferentes formas, de acuerdo con el origen geográfico de la población, las creencias religiosas o entorno cultural de la persona usuaria. 

No obstante, por modistas y a saber cuántos más que no saben de la vestimenta femenina islámica, se le ha denominado burkini, porque, similar el burka, cubre el cuerpo, que las musulmanas guardan con celo y como tesoro, y aún más cuando van a la playa. Demostraciones de cultura local, diría el profesor de Harvard Homi Bahbha, que manifiestan identidad. Su libro El lugar de la cultura debería ser obligatorio en educación media, para que nos demos una idea de lo que significa cultura y cuál es su sitio en el mundo.    

Del hecho también se desprende, con facilidad, que los derechos humanos, al parecer, están redactados con medias tintas, para poder ser reescritos con la facilidad del miedo o la ignorancia. Siam, la mujer de 34 años que incluso fue multada con 45 dólares por usar su hijab tradicional, lo atestigua: “Estaba sentada en una playa con mi familia con un pañuelo clásico en mi cabeza. No tenía ninguna intención de meterme en el agua”. “Lo más triste —dijo Mathilde  Cousin, testigo del incidente— es que muchos de los que estaban alrededor aplaudían a la policía, mientras la hija de la mujer lloraba”.

Lo que esto significa es mucho más peligroso: habría que despojarse de todo rastro identitario para poder salir, educarse, divertirse, manifestarse, esto, lamentablemente me suena a coacción, a quebrantamiento de los derechos inherentes a la persona, reconocidos en todos los países: educarse, manifestarse, salir, divertirse…¡Qué coincidencia! Fueron los que les violaron a Siam, al despojarla de su identidad, su agencia social y su afiliación nacional. 

Todo esto le da la razón a Edward Said, el eminente exprofesor de la Universidad de Columbia, prematuramente fallecido, quien en su texto paradigmático Orientalismo denuncia “los persistentes y ‘sutiles’ prejuicios eurocéntricos contra los pueblos árabes-islámicos y su cultura”. Said y Bhabha constituyen los referentes de los presupuestos teóricos de la cultura posmoderna y son considerados los más estudiosos sobre este tema y la poscolonialidad.

El caso del burkini no hace más que refrendar lo que las dos máximas autoridades sobre cultura e identidad escribieron hace décadas, previendo estas actitudes. ¿O será que tiene razón un viejo periodista y exmaestro de comunicación que hace poco posteó en su perfil: “si los árabes prohíben el bikini está bueno que en Europa prohíban el burkini”? Un profesor de periodismo como este me da mala espina, porque lo que sí enseña es su habilidad en la Ley del Talión. Pues el caso de Siam, la árabe vejada, solo prueba que ahora se vive en libertad, pero sin libertad.  

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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