Orlando López-Selva
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Las noticias, desde Washington y Moscú, son alentadoras. Se dice que en tres encuentros, la semana pasada, los cancilleres John Kerry (de Estados Unidos), y Sergei Labrov (de Rusia), han convergido en 13 de 15 puntos espinosos. Así, las potencias intentan alcanzar un acuerdo sobre el conflicto sirio.

¡Enhorabuena!

Y aunque los líderes de las potencias mundiales se hayan sentado a dirimir sus diferencias, todavía hay cosas que, en el fondo, demuestran que les importa más prevalecer, que ceder; proteger sus intereses estratégicos, que buscar la reconciliación con sus amigos; sentirse inflexibles, a que les digan que son pusilánimes o débiles.

¿Quiénes ganan con ese conflicto?: Las industrias armamentistas que no se inmutan ante el sufrimiento de millones de sirios que viven el horror superlativo en hospitales, ciudades devastadas, campos de refugiados o en botes precarios a través del Mediterráneo.

Es el conflicto más destructivo, sangriento y dramático que hayamos visto en el siglo XXI.

¿A quién le importa?

Tal vez sea solo el escenario propicio para que ahí se llenen de gloria -vivida o póstuma- Médicos sin Fronteras, la Media Luna Creciente, Save The Children, etc.

Hasta ahora, las potencias solo parecen ser las seguidoras más fieles de la letra de los capítulos XVII, XVIII y XIX de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo.

Desde luego, no se ponen de acuerdo en cuanto a las vías de acceso a Alepo, el bastión más preciado de los rebeldes que todavía intentan, por las armas, derrotar a Bashar Al-Assad, apoyado por Moscú; ni tampoco acuerdan sobre los canales humanitarios para auxiliar a millones de civiles atrapados en el laberinto infernal de la guerra.

El conflicto se exacerbó últimamente por tres razones: 1) el involucramiento de Turquía; 2) el uso de bases iraníes para que aviones rusos lancen ataques contra posiciones anti-Al-Assad; 3) los intentos infructuosos de la diplomacia de la ONU al enviar embajadores a Damasco, que luego vuelven a Occidente con las manos vacías, la mirada entristecida, y experiencias frustrantes que deben plasmar en sus informes de fallidas misiones.

Turquía se metió a pelear con tres propósitos muy propios: 1) crear una zona de amortiguamiento de 90 kilómetros, contiguo a su frontera con Siria; 2) atacar a sus antiguos enemigos kurdos ―estos, paradójicamente, respaldados por Washington―, en Siria e Iraq; y 4) combatir a ISIS.
La incursión terrestre turca le da un giro a todo, pues la estrategia de bombardeos aéreos de Rusia a las posiciones enemigas de Al Assad, no le ha dado victorias a Moscú, sino  que ha producido daño colateral: los civiles no pueden esconderse sino en sus propios hogares, mientras los guerrilleros atacados sí tienen refugios apropiados. Washington hizo lo correcto, no involucrándose directamente en este conflicto. Tampoco, suministrar apoyo e inteligencia militar a grupos que luchan separadamente contra el mandatario Sirio, logra victorias significativas.

¿Qué han obtenido?

No olvidemos que Francia y Jordania también bombardean bases militares de ISIS en Raqqa (¡la capital de este supuesto califato!) y otras localidades bajo control terrorista. Paralelamente, estas acciones incrementan el número de civiles muertos. No hay bombas inteligentes.

Los turcos implantaron acciones militares más eficaces: enviando tropas terrestres con tanques y artillería pesada que avanza y gana terreno.

Las negociaciones no han avanzado porque las potencias olvidan que ceder siempre traerá beneficios duraderos. Y ambas deberían actuar con sincera humildad y ver el asunto sin tratar de prevalecer en todo:

1) Que Siria sea un país aliado de Rusia, Washington lo debería aceptar como un hecho coadyuvante del balance de poder regional; no todo el mundo debe vivir bajo la esfera de influencia de los Estados Unidos. No es cuestión de simpatía o imposiciones ideológicas. El pastel no puede ser únicamente para una sola persona.

2) Moscú, por su parte, debe comprender que mantener a Siria bajo su esfera de influencia no debe comportar sostener a un régimen genocida, cuya población está siendo exterminada cruelmente. Si Al-Assad se marcha, daría la oportunidad para que lo sustituya un líder moderado -y aceptado por consenso- que gobierne sin perder simpatías hacia Moscú.

¿Por qué los aliados de Moscú deben carecer de valores democráticos y humanitarios? ¿Es que Rusia no puede tener aliados respetables y correctos?

Washington y Moscú deben soslayar sus diferencias, haciendo el bien común, sin creer que pierden poder global. Aquí, lo importante es que gane la paz.

La guerra en Siria es un capítulo vergonzoso de la historia moderna, que las potencias deben abordar con compasión, más que con egoísmo.

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