Jorge Eduardo Arellano
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¿Y la confrontación entre Darío y Unamuno, los dos mayores intelectuales hispánicos de la época? No fue directa ni declarada, sino indirecta y tácita, iniciándose con la réplica del primero al segundo en 1899 al escribir: “Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un periódico de Madrid de modo que fue bien escuchado su grito: ¡Muere don Quijote! Es un concepto a mi parecer injusto. Don Quijote no puede ni debe morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del ideal. El alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su Dulcinea fue la América…”.

La argumentación de Darío convenció a Unamuno que abjuraría de su grito errático. Posteriormente, este recordó, tras la muerte de Darío, que conversaron en Madrid —paseando juntos— media docena de veces; pero hubo algo “que nos mantenía alejados. Yo debí parecerle a él duro y hosco”. A pesar de ello, el fuerte vasco generó un chisme contra el centroamericano: “dije una vez a un compañero de pluma [Valle Inclán], que a Rubén se le veían las plumas —las del indio— debajo del sombrero; y el que me lo oyó, ni corto ni perezoso, esparció la especie” que llegaría a oídos de Darío. Y este le contestó en una carta: “Ante todo para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que escribo”. Y fue noble y bueno con el vizcaíno de Salamanca valorándole como poeta y consiguiéndole colaborar en el diario bonaerense La Nación. El “excitador hispanicae”, pues, se hizo eco de la “cerrazón mental” y del “eterno penacho invisible”, expresado despectivamente por la tendencia etnocida del maniqueo y provi
ncianismo español, limitado a ver “un indio en estado salvaje” en todo autor hispanoamericano. 

Al fallecer Rubén, Unamuno —arrepentido de no haber sido justo con él— declaró: “¡Fortuna grande que le conocí y descubrí al hombre! ¡Y este me llevó al poeta!... [  ]. Las cartas que después me escribía fueron nobles, sinceras y dignas. Y es que aquel óptimo poeta era un hombre mejor […] era bueno, fundamentalmente bueno, entrañablemente bueno. Y era humilde, cordialmente humilde. Con la grande humildad que, a las veces, se disfraza de soberbia. Se conocía, y ante Dios —¡y hay que saber lo que era Dios para aquella suprema flor de la indianidad!— hundía su corazón en el polvo de la tierra, en el polvo pisado de los pecadores. Se decía algunas veces pagano, pero yo os digo que no lo era…” 

Y añadía: “Nadie como él tocó en ciertas fibras; nadie como él sutilizó nuestra comprensión poética. Su canto fue el de la alondra; nos obligó a mirar un cielo más ancho, por encima de las tapias del jardín patrio en que cantaban, en la enramada, los ruiseñores indígenas. Lo más importante de Unamuno, sin embargo, fue la confesión de su egolatría, causa de su injusticia hacia Darío: ¿Por qué, en vida tuya, amigo, me callé tanto? ¡Qué sé yo!, ¡qué sé yo! Es decir, no quiero saberlo. No quiero penetrar en ciertos tristes rincones de nuestro espíritu”. En cambio, auscultando los rincones espirituales del poeta americano, constató que “le acongojaban las eternas e íntimas inquietudes del espíritu, y ellas le inspiraron sus más profundos, sus más íntimos, sus mejores poemas. Y, en resumen, que era justo, esto es, comprensivo y tolerante porque era bueno”.

Quien mejor resumió esta relación fue Vicente Alexandre. En 1954 revelaba a un crítico argentino: “Unamuno siempre habló mal de Rubén Darío y se burló de él. Es que Unamuno no tenía nada en común con Darío. De Unamuno nunca hubieran surgido unas Prosas profanas. Pero Darío, en una época en que nadie hablaba del Unamuno poeta, cuando nadie tomaba en serio sus poemas, dijo que Unamuno era, sobre todo, poeta. Rubén Darío comprendía a Unamuno. Lo admiraba. ¿Por qué? Porque él, Rubén Darío, tenía en su alma una zona afín al alma de Unamuno. Y de allí surgieron los Cantos de vida y esperanza, la angustia de ‘Lo fatal’ y de los ‘Nocturnos’… Rubén Darío era en ese sentido, más grande que Unamuno: comprendía más, abarcaba más en su capacidad de admiración porque en el fondo podía expresarse con más diversidad.”

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