Galo Muñoz Arce
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La moda es una de las puntas más visibles del gran iciberg llamado sociedad occidental. A través de su estudio  comprensión podemos descubrir algunas estructuras fundamentales que desembocan en un tipo particular de cultura que pretende universalizarse. ¿Cuál es el papel de la moda en nuestra sociedad? ¿Por qué su discusión es relevante?

La moda no es un fenómeno aislado sino un fenómeno colectivo, un fenómeno social. Y, en tanto tal, nos incumbe a todos. El progresivo avance industrial de la sociedad ha logrado superar en gran medida el uso de las cosas para la satisfacción para la satisfacción primaria de las necesidades y las ha revestido con cierta añadiduras de ciertos valores  agregados que condicionan, modifican la satisfacción  y que, liberados de su estricto uso o utilidad,  proponen su propia valoración del mundo.

Si esto es cierto, el gusto se modificaría de acuerdo con los caprichos de un sistema de objetos que dictamina a nivel de  lo simbólico, los valores éticos y estéticos convertidos en hegemónicos de acuerdo con las condiciones de funcionamiento del  mercado en que circulan.

Por ello, Brauillard dirá que la moda es un sistema de objetos; y, Bourdien, que se trata de una estructura de relaciones objetivas que determinan la forma final de las representaciones. Los objetos en definitiva tienen una significación dentro de nuestra sociedad, un valor que cada vez se vuelve más importante, tanto en la esfera de la producción como en la del consumo: el valor de signo.

Los objetos no solo aplacan una necesidad sino que son signos que establecen nuestra identidad, cuestión que está ligada con la posición de cierto capital cultural. Los objetos pasan a ser objetos de diferencia y la moda un tipo de articulación de signos y sentidos que viabilizan la reproducción  social de las diferencias. La apropiación de la  novedad concretizada no solo refleja la reproducción de las distinciones, su motivación no está en cear objetos ideales sino en crear signos ideales vinculados a la hegemonía, el poder.

Sus valores van normalizando un conjunto de acciones cuyo resultado más interesante es esa suerte de veneración por los objetos, a lo cual Marx denominó como fetichismo de la mercancía. Marx lo explicaba diciendo que en la sociedad capitalista los vínculos de producción entre los individuos no se establecen de manera directa, sino a través del intercambio de cosas en el mercado, encubriendo una relación de explotación del capital sobre el trabajo.

Entendemos así que los poseedores pueden poseer a los desposeídos y hacerles fabricar objetos que luego le son vendidos para satisfacer sus propias necesidades. Objetos que a su vez dictaminan el valor de lo bello, lo bueno, perpetuando el paradigma mismo de una sociedad inequitativa.

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