Álvaro Fonseca
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El calor o la calor, como aún se dice en Nicaragua en un bello español antiguo, llegó para quedarse. El aumento de la temperatura a causa del cambio climático es ya un hecho real. La gente en los últimos años se queja por el insoportable calor que se siente cada vez más. Y esto es cierto. Es algo comprobado.

¿Qué es lo especial de este calor que nos  agobia?, que es permanente, pues no solo “ataca” en el día sino también en la noche.  Durante el día el sol calienta la superficie de la tierra. En la noche la superficie se enfría y suelta el calor al aire. Sin embargo, el cambio climático ha hecho más lento este proceso, provocando  que aumente el número de noches cálidas más rápidamente que el número de días cálidos. Por tal razón, las madrugadas en Managua son calurosas. Se alcanzan temperaturas de 24 grados centígrados a las 5:00 a.m., aún durante la época de lluvias, cuando lo normal  hace diez  años era que la temperatura bajara a 23 grados o menos. Ya solo en los meses de diciembre a febrero y en los lugares altos del país es que el clima no será tan caliente. 

La Agencia Espacial de los EUA (NASA) reporta que 2016 esta camino de convertirse en el año más caliente de la historia desde que se tiene registros.  Y el calor irá aumentando en el futuro, no disminuyendo. Un trabajador o un estudiante que en el día tenga que soportar temperaturas de 33 a 39 grados y después en la noche vuelva a estar sometido a temperaturas cálidas de 24 a 29 grados reduce su rendimiento. Aún no se comprende bien todas sus consecuencias pero el calor aumenta los casos de hipertensión, reduce la productividad del trabajador y aumenta el gasto en hogares y empresas por el mayor uso de electricidad.  

La adaptación ante el calor es una necesidad. Se pueden hacer varias cosas. La primera es una arborización masiva de pueblos, ciudades y sitios públicos. No hay forma más económica, más contundente y más natural de suavizar el clima de una ciudad que llenarla de árboles.  Se debe evitar la plantación de árboles extranjeros como nim, eucalipto, ficus, etc. y preferir los árboles nativos. Hay una lista de al menos 50 valiosas especies de árboles nacionales apropiados para las ciudades del país que debemos aprovechar.

Una segunda acción es el diseño bioclimático. Se debe normar, como ya se hace en países como México, que las nuevas urbanizaciones y edificios públicos y privados se diseñen y construyan con inteligencia bioclimática. Es decir trabajar con las fuerzas de la naturaleza y no en contra de ellas. Esto significa conocer la orientación del sol, el régimen de vientos y los materiales, para construir viviendas confortables térmicamente que reduzcan el consumo de energía y aprovechen el agua de lluvia, como se hacía en las viejas casas coloniales de Granada y León. 

A grandes males, grandes remedios, dice el viejo refrán. El cambio climático no espera. 

*Experto en medioambiente y desarrollo
alvaro_fonseca_zamora@yahoo.es

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