Orlando López-Selva
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Sin dudas, el candidato presidencial republicano Donald J. Trump es controversial. Haga lo que hiciere, diga lo que dijere, él inspira, agita o disgusta a los que le ven, leen y oyen. Igualmente, los medios se conmocionan cada vez que le abordan.

La semana pasada, en Washington se publicó una carta de 75 diplomáticos estadounidenses retirados, en la que señalan al candidato Trump de “no estar calificado” para el puesto de Presidente de la República y de comandante en jefe del ejército de los Estados Unidos. Es más, se atreven a decir que ni  siquiera tiene la disposición para “instruirse”, para conocer los temas internacionales, eventos y desafíos que Washington tiene ante sí y enfrentar a sus enemigos y liderar a esa nación en el nuevo orden internacional en construcción, en este siglo XXI.

Esa carta-manifiesto, firmada por diplomáticos retirados, es una expresión más de las tantas que han salido a luz. Una práctica encomiable en una sociedad democrática que utiliza los medios para dilucidar controversias, ventilar las opiniones de todos los ciudadanos, crear opiniones informadas para favorecer la diversidad y fortalecer el pluralismo político.

Hace un par de meses, 50 ex funcionarios republicanos ya habían hecho algo similar para desaprobar la candidatura del señor Trump. De igual manera, pero en dirección contraria, a inicios de septiembre, 88 militares retirados habían coincidido en señalar características cuestionables de la candidata demócrata.

Los medios televisivos y las radio emisoras norteamericanas siguen la misma tónica. Ni que decir de la plataforma digital: una guerra constante entre simpatizantes de Trump, enfrentados a los de la señora Clinton.

Lo bueno de todo esto es el intercambio cívico de razonamientos y opiniones. El ejercicio de verter las ideas públicamente —aunque a veces se suban los tonos— genera informaciones y pule el juico ciudadano; a la vez que tiene a todo el mundo en el borde del asiento.

Increíblemente, la candidata de la izquierda —liberal-socialdemócrata— es la tildada como representante del status quo o del establishment norteamericano. (¡Una paradoja para la nación emblema y epítome del capitalismo!). Y tiene sentido. Los Clinton —al igual que los Bush, en Estados Unidos; o los Perón y los Kirchner, en Argentina— conformado una casta consistente, asentada y amenazadora. Mientras que el candidato Trump representa la opción desafiante a ese “sistema amañado”, como frecuentemente gusta decir Trump, al referirse al establecimiento político estadounidense.  

Trump podrá no estar calificado para los puestos de mando militar supremo y del ejecutivo, pero es el personaje que gusta a los norteamericanos del main stock (del tronco principal); es decir, los herederos primigenios de la construcción fundacional. Estos no están dispuestos a transar sus valores y costumbres con otros grupos pluriétnicos, hoy ya no minoritarios.    

El conflicto es más cultural que ideológico. Por cultura entiendo: “todo el sistema de valores, pensamientos, creaciones, actitudes, creencias y construcciones que se heredan”. La sociedad norteamericana tradicional está renuente a hacer el relevo a las nuevas generaciones, pues desconfía de los actuales receptores.

Los sociólogos señalarían que las nuevas generaciones de norteamericanos tienen cuestionamientos y actitudes muy distantes de aquellas que dieron origen a los Estados Unidos, a finales del siglo XVIII.

Cierto, Trump es descalificable a simple vista cuando trata temas políticos. Como no sabe mucho,  prefiere denigrar y destruir las posiciones contrarias. Obviamente, esas posturas desdicen de quien desea liderar a la multi-nación más poderosa del orbe.

¿Hoy Estados Unidos es más pluribus que unus?

¿Unirse o separarse? Los que siguen a Trump prefieren separarse, en vez de unirse; porque se sienten amenazados sabiendo que los otros (los norteamericanos advenedizos) son numéricamente mayores.  

Por otro lado, que la actitud de Trump hacia lo exterior, tienda al “aislamiento” o “enfoque doméstico”, no es nuevo. Ya ha habido mandatarios así. De 1865 a 1898, los presidentes norteamericanos, tuvieron una tónica parecida a la de Trump, hoy. Igual hicieron los presidentes Coolridge, Hoover y Harding, entre los años 20 y 30 del siglo pasado.

La diferencia: la difusión mediática moderna hoy recoge todo lo que sucede en cualquier punto del planeta, lo presenta en detalles, magnificándolo y enervándonos.  

Estoy seguro que aun después de los debates presidenciales, que causarán mayores disturbios sociales, la postura de Trump, aunque con ajustes cosméticos, seguirá inalterable en cuanto a su sustancia: ir contra todo lo que intente cambiar, pluralizar o desarraigar a las instituciones norteamericanas.

La sociedad norteamericana ha sido liberal y tolerante, a ultranza. Pero ya no desea seguirlo siendo.

Trump representa esta tendencia. Y seguirá siendo controversial, desafiante, irrespetuoso, provocador.

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