Jorge Isaac Bautista Lara
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Tres hechos llegaron al puerto de las redes en estos días; uno hará un culebrón, sus primeros capítulos están saliendo. Primero: el caso de un menor de edad que está inquieto por horas, sin saber qué hacer, en los asientos traseros de un vehículo; sus padres yacen inconscientes drogados en los asientos delanteros. Segundo: una niña menor de 3 años que trata de despertar a su madre inconsciente en el piso de un supermercado por efecto de sobredosis de estupefacientes. Tercero: matrimonio de Angelina Jolie y Brad Pitt; la primera ha pedido el divorcio. Este ha desatado un infierno mediático sobre la familia. El motivo que se alega, FBI realiza una investigación, los hechos del 14 de septiembre mientras viajaba la familia a bordo de un avión privado; se narra el abuso infantil de Brad Pitt de manera “verbal y física” contra uno de sus hijos. Estaba bajo efectos del alcohol. La pareja estaba enfrascada en una discusión. Las cosas van más allá; alcohol combinadas con otras drogas (ninguno es alimento). Lo del avión fue la última gota de algo que llevaba tiempo. Angelina alegó “diferencias irreconciliables” en la forma de criar a los hijos. El divorcio surge como el remedio que trata de evitar males mayores. Es lo normal; hace poco murió la hija de Whitney Houston por ingerir un “coctel” de drogas. En el caso “Brangelina” existen 8 víctimas: seis hijos, Angelina y el propio Brad Pitt. Teniendo el último la peor parte al ser en sí mismo víctima y victimario. El alcohólico y el drogadicto son enfermos; él tiene ambas adicciones (búsqueda y consumo impulsivo). Ambas alteran el normal funcionamiento del sistema nervioso de una persona.

La familia de un adicto, se ve expuesta a su comportamiento agresivo, irracional y violento. Y como enfermo requiere tratamiento, ayuda permanente y paciente de la familia. A ese ritmo la biología y psiquis de Brad Pitt no permanecerá estable por mucho tiempo, se degradará. Es una caída constante dentro de un abismo. No importa la riqueza y fama que entran en juego (los pueden volver a construir). Lo verdaderamente importante, sensible y trascendente son las vidas de 8 personas; la familia. A los medios, redes y revistas de historias rosa les importa el morbo y negocio del conflicto, aunque destruya. Les interesa la ganancia que generará. Como un símil se repite (aunque sin esa fama ni dinero) en nuestro país, nuestros hogares, cuando existe un alcohólico o un drogadicto en casa. En nuestra realidad local, como en EE.UU. el asunto ha llegado a realidades más perversas en maltrato físico y verbal contra hijos y pareja. Conociéndose casos donde los hijos llegan al suicidio. Esa lucha por salvarlos de esas adicciones arrastra y desgarra las carnes de cualquier familia. Con daño inmediato y transversalmente a la paz, estabilidad, psicología, convivencia, salud y economía de toda la familia. El libro “El niño que jugaba con la luna”; una preciosa obra del S.J. Aimé Duval (se aconseja leer). Es autobiográfica; narra su viaje al fondo de la noche oscura del alcoholismo y su tortuoso regreso a la luz. En su presentación se lee “…es el relato de la larga muerte y la costosa resurrección de un hombre con unas inmensas ganas de vivir y hacer vivir a otros en su misma situación”. Escribe: “Por supuesto que el cuerpo se alcoholiza lentamente. Pero el alma, más lentamente aún, va a contraer nupcias con el alcohol. Y el divorcio no será fácil”. Cuenta en su experiencia que cuando se empieza a lastimar a seres queridos es cuando la enfermedad está muy avanzada. Es el momento que “la muerte habita el alma del alcohólico”.

Agrega que “cuando se llega a semejante estado de desolación, no puede ya entrar en contacto con nadie”. En el alcohólico existe la enfermedad física y progresiva de un hígado que efectúa cada vez de peor manera el trabajo de transformación del alcohol. El alcohólico es inconsciente de su propia enfermedad. Se dice en el Prólogo del libro de Rubén Darío “soy un enfermo” que la “la esposa del alcohólico es enfermera y madre que generalmente se olvida de sí misma para vivir en función del enfermo”. En “El Principito” menciona el planeta de un borracho que permanece “sentado en silencio ante una colección de botellas vacías y otra colección de botellas llenas”.

Que bebe para olvidar y que tiene vergüenza: “¿Vergüenza de qué?… ¡Vergüenza de beber! – dijo el borracho, y se encerró definitivamente en el silencio”. La familia de un alcohólico urge de ayuda y paz, para abordar las amarguras de la familia. Pero la fama y el dinero les han quitado ese derecho humano.

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