Silvio Mora
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Santos René Núñez Téllez fue para mí como un santo en la tierra. El muchacho flaco leonés fue un líder, un dirigente que inspiró lo mejor. Fue un hombre honrado y valiente hasta su muerte.
Fue noble hasta exponer su vida por los demás. Su padre, Carlos Núñez, de oficio carpintero, y su madre doña Matilde Téllez, costurera, ambos tuvieron muchas dificultades económicas. Seguramente ese origen influyó en el muchacho para adoptar una postura política y social frente a la dictadura que devoraba la nación.

Nuestro hermano honró siempre a su compañera, Leana Vivas, y a sus hijos. Leana fue su único amor. En realidad René y Leana tenían una fiebre que les entró y nunca se fue. Ambos enseñaron a sus hijos a descubrir el gozo de la vida, la música, el color, la alegría, la unión, la paz, a saber escuchar.

Hermosos tiempos de lucha aquellos cuando conocí a René en 1967. Con su cartapacio marrón al hombro marchaba a su oficina de INDE. Por la tarde con documentos y libros, iba a las oficinas del CUUN de la UNAN. Siempre calmo, tranquilo y relajado. Desde entonces guardamos una amistad que, como digo, fue verdadera y pegada con dignidad.

Se metió a redentor –igual que el Maestro de Galilea– llevó prisión, tortura, escupitazos, humillaciones, pero siempre mantuvo en alto su dignidad. Su brazo que no era de herrero de establo pero enérgico, nos empujaba para salir del letargo inmerso que caímos por causa de la tiranía somocista. Fue un hombre como escapado del pensamiento de Fiedrich Hegel. René nunca abandonó ni su raíz ni su tierra.

Calzó botas guerrilleras para vencer generales y coroneles. Al igual que Tomás Borge nadie tenía la bala para matarlo. Ahora le pertenece al mundo. Se fue con su corazón sano. Se fue amándonos a todos. Tuvo duras y largas batallas con la muerte. La parca le bailaba “La Danza Negra” con marimba de huesos. Pero como dijo el poeta español Jorge Manrique: “Nuestras vidas son como los ríos que van a dar a la mar que es el morir”. Santos René Núñez Téllez vive, ¡carajo!

En 1976 René formó parte de las 111 personas del FSLN que fueron condenadas por un Consejo de Guerra amañado. El flaco fue afectado por el asesinato de Carlos Fonseca Amador (8 de noviembre de 1976). Como periodista de Extravisión lo entrevisté con la advertencia del coronel Sergio Calderón Mendieta: “Ni te la van a dejar pasar”. La censuró el Código Negro manipulado por el coronel Alberto Luna Solórzano.

La entrevista hablaba de la ternura y fortaleza de Carlos. René dijo: “Carlos nos enseñó a rasgar la tierra para encontrar nuestras raíces. Igual que Sandino es hijo natural, pero ambos asumen la función de terminar con la miseria para todos”. Tuvieron la libertad con la toma del Palacio Nacional el 22 de agosto de 1978.

René presidió la Asamblea Nacional al igual que su hermano Carlos, dejando un Poder Legislativo que apuesta a la estabilidad y la seguridad de todos. René y Carlos siempre se enfrascaron en los pobres. Pidieron a los políticos acordarse de los débiles. Siempre fueron conscientes de que nadie nos regalaría la prosperidad y había que trabajar duro, muy duro.

El 9 de enero de 2007 tuve un gran gusto cuando juramentó al comandante Daniel Ortega como presidente de la República. Ataviado de blanco impecable y con sonrisa franca y fraterna impuso la banda azul y blanco a Daniel. Me gustó mucho también verlo como el décimo miembro de la Dirección Nacional del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Desde la presidencia de la Asamblea cultivó lealtad, amistad, creando redes entre diversos sectores. Todos lo admiraron. Personalmente quedé contento y agradecido porque siempre me recibió en su despacho y conversamos cosas de la vida. En una ocasión me fui dolido al verlo ayudarse de un tanque de oxígeno. En otro momento me fui optimista y alegre porque aunque cargaba un micrófono inalámbrico para hacerse escuchar, me contó de una intervención quirúrgica en sus cuerdas vocales. Yo le dije: “Veee, pueees, el compa René es otro Pavarotti, Plácido o Boccelli”. Entonces sonrió, sonrió mucho.

“Te felicito, los maestros tienen su Gabo”, me dijo cuando le presenté los borradores de mis libros “Letra con Sangre” y “Que todos se Levanten”. Me sentí que brillaba como sol, qué vanidoso. El segundo es, en palabras de René, “un libro para maestros, estudiantes y personas que no conocieron la historia de la lucha sindical  de los educadores de la Federación Sindical. Además es el pensamiento de un maestro luchador, de un periodista valiente, y contador de hechos agradables por su narrativa relajada”.

¡Caramba! El flaco René fue tan noble y humano. Sabía llorar, reír, cantar. Callaba pero no tenía espíritu mudo. Para la Navidad o la Gritería nos convertíamos en revolucionarios bohemios. Con Nathán Sevilla y Luis Hernández (q.e.p.d.) aporreábamos mosaicos musicales. Nos encantaba “Come Prima”, “Al´ Dilá”, “Volare” y la más bella de todas: “Nicaragua, Nicaragüita”. Al final gritábamos: “Bravo tenore, bravo”. No era una fantasía, era amor y cariño entre amigos verdaderos.

Se fue diciéndonos adiós a todos. Durante su corta vida siempre delineó la rebeldía de su generación. Gracias, ¡te queremos, René, te queremos!

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