Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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Cuando me tocó vivir en México, Distrito Federal, entre los años 1986 y 1987, visité no pocas veces el Café La Habana, fundado en 1954 y frecuentado desde entonces no solo por artistas, periodistas e intelectuales mexicanos, sino también por figuras legendarias, para bien o para mal, en la historia de América Latina.

Los jueves o los viernes, después del taller de poesía con Homero Aridjis, o el de narrativa con Edmundo Valadés, me instalaba un rato allí con mis recordados compañeros de universidad: Jorge Borja, Cristóbal Cortés, Alma Cano y otros; sin tener idea entonces que diez años atrás rondaban por ahí Roberto Bolaño y sus amigos infra-realistas.

También frecuenté algunos bares cercanos en la avenida Bucareli, a una cuadra del paseo Reforma y no muy lejos de la estación del metro Balderas, desde donde emergía yo semanalmente, proveniente de mi casa cerca de Tasqueña o de la universidad, después de cambiar de línea en Pino Suárez, en busca de una buena tertulia.

Tampoco sabía entonces que todos esos cafés y bares bohemios situados cerca de los grandes periódicos, fueron los pequeños cuarteles de Belano, Lima, García Madero y compañía, donde juraban hacer la guerra a Octavio Paz. No podía saberlo: apenas eran grafismos, seres de tinta y papel entre los borradores de Bolaño.

También he visitado otros cafés legendarios, como el madrileño Café Gijón, donde en el 2004 tomé unas copas con la salvadoreña Jacinta Escudos y el panameño Enrique Jaramillo; escuchando a nuestro lado al costarricense Carlos Cortés, con un trago de Jack Daniels en la mano, enfrascado en intenso diálogo con el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y los hondureños Roberto Castillo y Horacio Castellanos.

Fue después de un encuentro de escritores centroamericanos y españoles auspiciado por Casa de América. Los anfitriones nos invitaron después de la clausura, y yo fui entusiasmado, pues sabía no solo de la fama del lugar, sino que también fue frecuentado por escritores nicas que han pasado temporadas en España. Es leyenda que allí mismo, en la barra del Café Gijón, Carlos Martínez Rivas sostuvo una trifulca con el escritor Francisco Umbral, y casi llegan a los golpes.

También frecuenté el Café Nüremberg, en Alemania, donde viví becado durante un mes en el 2000, y recuerdo haber visitado algunos sitios parecidos en Sofía y Leningrado, hoy de nuevo San Petersburgo.

Especial es el recuerdo de algunos sitios bohemios en San José, particularmente el ya extinto Soda Palace, donde siendo niño me llevó mi padre en 1972, a cenar con otros periodistas y con el también legendario manager del Bóer Calvin Byron. A todos ellos les escuché decir que allí mismo se reunían en tertulias los exiliados nicaragüenses y latinoamericanos desde los años treinta del siglo XX.

También recuerdo el Esmeralda, las chicharronerías bohemias o los bares cerca de la Universidad de Costa Rica frecuentados con la fraterna compañía del escritor Adriano Corrales. Pero en Nicaragua, además del recuerdo lejano, transmitido nada más por referencias, del famoso Café La India en la vieja Managua; no conozco en los últimos años otro sitio bohemio más legendario y agradable que El Panal, que hoy cumple 25 años.

Lo empecé a visitar en 1991, el propio año de su fundación, en las cercanías de la UCA y la Universidad de Ingeniería, donde entonces también se fundó la Escuela Nacional de Danza. Sus propietarios, el matrimonio compuesto por Marjorie Ocampo y Orlando Rayo, supieron convocar desde entonces a toda una “fauna” bohemia que con el tiempo proporcionaría al lugar esa atmósfera especial que hasta hoy lo caracteriza.

Músicos, gente de danza y teatro; escritores, profesores, intelectuales y admiradores del arte y la cultura mantienen lleno el lugar, donde siempre se está escuchando buena música y adonde uno acude cuando necesita conversar; porque es casi seguro que siempre encontraremos entre las mesas algún rostro conocido; sobre todo en las noches cuando hay lecturas literarias o conciertos de música nicaragüense, de la buena y actual; lejos del comercio excesivo de la zona rosa.

Este miércoles 5 de octubre El Panal celebra su 25 aniversario entre sus concurrentes asiduos, que no son pocos. Sus anfitriones invitan a todo el público. Estará el grupo Staccato acompañando un desfile de músicos y cantautores. El micrófono estará abierto y las mesas dispuestas para una noche más de esas que no se olvidan.
 
* Escritor y periodista.

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