Jorge Eduardo Arellano
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El doctor Noel Rivas Bravo, catedrático de la Universidad de Sevilla y miembro correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua, presidió el jurado que calificara de sobresaliente cum laude la tesis doctoral de 568 páginas sobre las ideas estéticas y políticas de las vanguardias nicaragüenses, defendida a principios de año en la Universidad de Salamanca por María Augusta Montealegre (MAM). Dos colegas le acompañaron en esa tarea académica: Pablo Sánchez ––catedrático de literatura hispanoamericana también de Sevilla–– y María José Rodríguez Sánchez, salmantina experta en teoría de la literatura y literatura comparada.

Ambas disciplinas tienen en dicha tesis, o mejor dicho en MAM, una expositora teórica excepcional. Efectivamente, sustentada en una pasmosa bibliografía en cuatro idiomas ––alemán, francés, inglés y español––, expone el “estado de la cuestión” en el capítulo inicial “Consideraciones metodológicas para el estudio de las vanguardias (léanse la europea, la latinoamericana y la de Mesoamérica). Condición sine qua non para aspirar al grado de doctor en literatura española e hispanoamericana, programa “Vanguardia y posvanguardia / Tradición y ruptura en la literatura hispánica”. 

Así MAM se empodera como especialista en las vanguardias, incluyendo  las dos de Nicaragua: la primera de Salomón de la Selva (1918-1929) y la segunda granadina (1929-1940), surgida en el contexto de la crisis de 1929. Al mismo tiempo, promete en un segundo tomo (el primero, ya editado por la AGHN, se limita a Salomón) revalorizar a los vanguardistas leoneses de los años 20 ––invisibilizados por los granadinos–– y profundizar en el conservadurismo ideológico de la vanguardia granadina, tema ya abordado por otros estudiosos nicaragüenses y extranjeros.

Pero ella se empeña en reiterar la ausencia de Salomón como vanguardista fundacional en el canon de Nicaragua, producto de una autoconstrucción elaborada en 1949 y 1951, respectivamente, por Ernesto Cardenal (“Ansias y lengua de la poesía nicaragüense”) y Pablo Antonio Cuadra (“Los poetas en la torre”), con la complicidad de José Coronel Urtecho. Este ––destaca MAM–– nunca reconoció la prioridad cronológica de De la Selva y su impronta en El soldado desconocido (1922) de la New American Poetry, negándola y reduciendo a don Sal a poeta neoclásico, sin dejar de cometer parricidio con Cardenal y Cuadra.

Sin embargo, la conspiración del silencio antisalomónica heredada por los letrados hegemónicos del país no me contaminaría. Porque yo fui el primero en denunciarla (véase Cuadernos Universitarios, 1969) y en ubicar a Salomón como “el inmenso solitario” en mi Panorama de la literatura nicaragüense (1977), deslindándolo de “Los tres grandes”, clasificación en la que lo habían confinado aquella. Más aun: no como precursor de la vanguardia nica, sino como bardo moderno y pionero figura don Sal en mis antologías generales de la poesía nicaragüense (1984 y 1994).

Por lo demás, la disertación laureada de MAM ha sido reconocida en su verdadera dimensión por la revista de cultura latinoamericana Guaraguao y en la misma España por Pablo Sánchez y Manuel Fernández Vílchez, en Argentina por Diana Morán y en Nicaragua por Erick Aguirre, Pablo Kraudy, Helena Ramos y yo. Por eso decepcionó a MAM la actitud de tres miembros del Consejo Editorial de la Academia Nicaragüense de la Lengua (ANL) que votaron contra la publicación de la tesis. Uno de ellos confesó no haber leído la tesis. Otro siguió invisibilizando a los vanguardistas leoneses ––reivindicados por MAM–– ignorando que sus poemas se han incorporados a varias antologías y que existe una bibliografía nacional e internacional sobre ellos: Toruño (1946), Argüello (1962), Anderson Imbert (1964), Weisgerber (1984) y Arellano (1999).

Un tercer miembro de dicho Consejo sostuvo que MAM ataca a Carlos Cuadra Pasos y a Pablo Antonio Cuadra, ex directores de la ANL. Pero sus afirmaciones son incontrovertibles: Cuadra Pasos como mentor ideológico de la vanguardia granadina, hecho ya demostrado en mis estudios sobre el tema; y Pablo Antonio Cuadra como juez y parte en su elaboración de la primera historia de ese movimiento; puntualizaciones que no lesionan la memoria de ambos. Solo Erick Aguirre y yo votamos a favor de otorgarle a MAM el sello editorial de nuestra entidad. 

En fin, la ANL vetó la publicación de la tesis de MAM por emitir (y no por los evidentes méritos que despliega) “términos discutibles contra miembros beneméritos, difuntos y vivos, de nuestra Academia”; veto del cual disentí oportunamente, ya que despreciaba un aporte  necesario y trascendente, de calidad salmantina y modernizador de la crítica literaria en Nicaragua.

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