Lesli Nicaragua
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Hace unas semanas conversaba con un aventajado joven que escribe deportes en un diario nacional. El tipo –hagámoslo misterioso- ni alto ni bajo, ni corpulento ni delgado -nadie sabe nunca nada cuando comentar verdades sobre el oficio es pecado- se me acercó para que le recomendara un par de libros con los que alimentar su gran talento, sabiendo, él mismo, que este solo representa el 10 por ciento de toda actividad.

Lo conocí en la universidad hace cinco años, en un taller de literatura, y se quedó embrollado entre la ficción que todo lo permite –excepto la verdad- y la no ficción que nada permite –excepto lo verosímil. Así que por la amistad cultivada, me confiaba que ya está un poco cansado de la misma narrativa deportiva que aparece todos los días en los diarios. Y me dijo –casi quedito, como los ladrones de Salarrué- que el gran referente de este subgénero, repite, de cuando en vez y de vez en cuando, los mismos adjetivos, las mismas frases, las mismas comparaciones.

Le dije lo que ya sabía, que a veces, cuando no se nace con el talento, quedan los libros, pero estos se deben exprimir, no copiarlos. “Ver las costuras”, decía Gabo, solo así se podrá armar el esqueleto, lo demás se llena con el 90 por ciento de lo aprendido. De inmediato se me vinieron los nombres de dos cronistas españoles insuperables: José Sámano y Santiago Segurola, pero las narrativas de estos te envían de inmediato a una cultura superior.

Por lo que sin ambages, le recomendé y le presté –con cuidado de devolverlos- Retratos y encuentros y Periodismo canalla, de Gay Talese y Tom Wolfe, respectivamente. Para que ejercitara el pensamiento lateral y desubriera los hilos que cosen cada artículo. La cuestión, le dije, radica no solo comparar, sino en crear la comparación. En descubrir la imagen, no decirla. Y lo mejor, en insertar el yo sin que el lector te descubra y entonces te deje de leer por metiche. 

Le comente que en Retratos y encuentros, Gay Talese nos regala una exquistez visual, pues encontró la fórmula para hacer del periodismo literatura, pero de no ficción. Que imitara ese estilo escritural que desemboca en una narración de escena por escena, con el detalle evocador. Algo que nadie –nadie- en el periodismo deportivo nicaragüense ejercita, porque –como dijo una colega- buscan solo la cantidad. Y al parecer, no toman en cuenta su defendido título de “crónica” deportiva (debieran leer al menos La invención de la crónica, de Susana Rotker).

Le aconsejé, además, que encotrara siempre el ritmo que da la fraseología del tema, que acudiera a una descripción precisa algunas veces (gestos, ambientes), lacónica, otras, que use el diálogo exacto para evitar lo farragoso de las citas directas, para volver el texto un torrente verbal sin diques y fresco, y así podría leerse sin alteración, y cuando la fluidez fuese tan lisa, de repente emboscar con detalles, para desaparecer –aparentemente- el relato principal y dar cabida a una anécdota, ese sería un puntillazo –al estilo Pisarro en la pintura. Que si hacía eso, él sería el referente escritural, fresco al fin, nuevo al fin.

Cuando ya se iba, le recordé las tres reglas de Talese para el estudiante-periodista: Curiosidad siempre. Nunca interrumpir al entrevistado, ni siquiera cuando se trabe, porque esa es la información que oculta o no quiere decir, y no escribir por dinero. Al acabar esta última frase, le vi los ojos, sonrió astutamente y las alas de su nariz se ensancharon. Caminó apresurado, con los libros asidos, y se perdió de vista.

* Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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