Galo Muñoz Arce
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Partamos de que el fundamento y el fin de la educación se expresa en el “florecimiento de las personas” y en el tratamiento e interés sobre los mecanismos que permiten este florecimiento. La importancia de distinguir el “florecimiento” del “desarrollo” radica en que este último es un término cuestionado por la crítica, que lo asocia a un proceso teleológico organizado por la expansión y reproducción global del paradigma de la modernidad capitalista.

Esto se evidencia a partir de lógicas de explotación evidente o soterrada del ser humano y de la naturaleza, en función del acrecentamiento de la ganancia mediante el uso creciente de tecnologías aplicadas esencialmente a la industria, así como el uso de una serie de dispositivos políticos y culturales cuya articulación simbólica más acabada estaría en la expansión universal del concepto de “progreso”.

La idea es dejar de reproducir las connotaciones colonialistas de la racionalidad moderna y cuestionar los mecanismos de su mandamiento simbólico, acuñados en la conciencia de las personas. Por lo tanto, una educación que pretenda el “florecimiento” del ser humano es entonces una educación que tiene como fundamento la importancia de la vida real de las personas y de sus contextos sociales, históricos y territoriales. 

Es una educación democrática y participativa, en donde se sientan las bases de una organización social, solidaria, donde se producen procesos de investigación rigurosa y creativa, pero sobre todo de manera ética y coherente con nuevas prioridades colectivas basadas en la autonomía la capacidad de diálogos y acuerdos equilibrados.

Una educación que reniegue de la educación concebida como  un proceso de adoctrinamiento  y de simple incorporación del orden establecido. Esta perspectiva cambia el rol del educador como reproductor del establishment para convertirlo en un suscitador.

Deja de ser un representante de la autoridad y se transforma en un facilitador de una racionalidad comunicativa. Deja de ser el dictador de contenidos para convertirse en el mediador del aprendizaje. Deja de utilizar la autoridad como principal herramienta didáctica para acceder a la responsabilidad compartida y consciente de que los mejores espacios para la reflexión y el aprendizaje son espacios de verdadera libertad.

El educador comprende que trabaja con personas bajo una clara direccionalidad política: la propulsión de las capacidades de las personas en función del bien común. Pero también en función de logros individuales y cualitativos que profundicen la experiencia vital.  

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