Orlando López-Selva
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Las guerrillas de las FARC depusieron las armas y van a conformar un partido político, retirándose así a la vida civil. ¡Enhorabuena!

La paz es el acto político más difícil, pero de mejores consecuencias para cualquier nación.
Y esto aunque tiene un valor inconmensurable para la vida política de todos los colombianos, también es un hito importante para la historia de América Latina.

¿Qué enseñanzas deja este acuerdo de paz?

En primer lugar, confirma varias verdades acerca de la bondad de la democracia, como una opción que los guerrilleros  rechazaron, desde un principio.

Además, hay grupos guerrilleros que han conseguido entrar exitosamente al juego político y a la contienda democrática —los Tupamaros en Uruguay; los Sandinistas en Nicaragua (en su segunda época); el FMLN, en El Salvador—.

Y también los hay que nunca lograron si no ensombrecerse o ser diezmados; nunca alcanzaron las simpatías suficientes entre la población o sus acciones estratégicas fallaron: los Cinchoneros, en Honduras; la URNG, en Guatemala; Sendero Luminoso, en Perú, y otros.  

Después de ver que las FARC lucharon por 52 años y ello condujo a 260,000 colombianos muertos, el balance jamás puede ser positivo… bueno, salvo firmar un acuerdo de paz, que esperemos, dé frutos buenos en el mediano y largo plazos.

Mi punto es que si los grupos guerrilleros que tomaron las armas, en los años 60 o 70 del siglo pasado, siguiendo el modelo del “Movimiento 26 de Julio” de los Castro y el Ché Guevara, en Cuba, creyendo que la democracia no era una opción promisoria, siempre estuvieron equivocados.

El costo de hacer la guerrilla es altísimo: sangre, dolor, muertes, pueblos divididos,  resentimiento y odios ciegos.

Mientras que la democracia sí da buenos frutos. De otra manera, no habrían llegado al poder, los  guerrilleros ya citados.

La democracia es sensata, noble, fructífera (¡aunque no en el corto plazo!); y sobre todo, paciente y capaz de perdonar y darles cabida a aquellos que incluso la vilipendian y denuestan.

¡Habrá quien diga que la lucha armada es una opción en algún momento…! Pero los éxitos se miden por los resultados, no por lo arrollador de los métodos usados, que hacen creer a muchos que la violencia es buena porque justifica la venganza, el odio, o pasa factura a aquellos que han excluido o explotado a otros.

Lo malo del odio con el que luchan los guerrilleros es que como no ven el bien, sino únicamente lo que ellos hacen, nunca consideran alternativas a explorar. Además, ven como enemigos, a los que no piensan como ellos. Mientras que en la democracia —que cultiva más el sentimiento patriota y propicia los mecanismos de consenso—  se requiere de mucho civismo, lo que no da cabida a resentimientos, sino a razonamientos, consensos y acuerdos.

Y si lo que estoy diciendo no tuviera fundamentos o algo de sensatez, entonces no habría partidos de izquierda inscritos en el juego democrático. Ver casos de Chile, Brasil, México.

Por otro lado, la democracia exige abandonar los prejuicios y ver la búsqueda de soluciones como una posibilidad de nación, no como una lucha entre partidos.

¿Y qué quiero decir con abandonar los prejuicios?

La democracia no es un invento hecho por explotadores malvados que quieren imponernos un modelo para controlarnos.

No. La democracia es un sistema abierto a mejoras y que permite la convivencia cívica entre la pluralidad de individuos, y le da a cada quien la seguridad de que el administrador temporal del poder no avasalle a las minorías. Por ello, el sistema de derechos y garantías para todos, las normas constitucionales o el mecanismo de frenos y contrapesos.

En suma, en una democracia plena, nadie queda desprotegido y a merced de los abusos de otros. Consecuentemente, un principio básico: el consentimiento del gobernado debe prevalecer.
Fundamental: el poder sirve plenamente a todos los ciudadanos, sin importar clases; no es posesión partidaria.  Por eso, las elecciones permiten, mediante el voto popular, libre, distribuir ese poder, periódicamente entre diversas opciones ideológicas.

En la democracia, el poder repartido, da seguridad a todos los ciudadanos; en la dictadura, concentrado, atemoriza a los opositores.  

Así, la actitud de las FARC confirma, una vez más que no era válida aquella sentencia guerrillera que: “en el futuro, habría varios, muchos Vietnam en América Latina”.

La democracia tiene muchos aciertos; la lucha armada, ninguno.   

La democracia es el único mecanismo que permite resolver  diferencias sin recurrir a la guerra; aunque no nos conozcamos;  aunque cada quien crea que su verdad es la mejor.

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