Matilde Córdoba Núñez
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No escribo estas líneas para hablar sobre el sandinista que fue apresado, torturado y liberado gracias al Asalto al Palacio en agosto de 1978. No quiero escribir sobre quien fue presidente de la Asamblea Nacional ni sobre el político que se ganó el respeto de sandinistas y de opositores.

Escribiré sobre la persona que me motivó a estudiar periodismo y que me instaba a leer acerca de Carlos Fonseca y de la Revolución; ese que me enseñó a hacer castillos de arena en Huehuete; el que se desveló noches enteras pintando alhajeras para que yo las regalara como recuerdo de mis 15 años; el que escuchaba mis quejas con paciencia y en las vacaciones me llevaba de regreso a León cuando yo extrañaba mucho a mi mamá. Ese al que le gustaba la sopa de gallina de patio y no le atraían las fiestas ni el protagonismo. El que insistió en que debíamos permanecer unidos, que lo más importante era la familia, y por el que no hemos dejado de sufrir desde la madrugada del 10 de septiembre pasado, día en que Dios decidió llevárselo.

Hablaré sobre el hijo, el padre, el hermano y el tío que fue René Núñez Téllez. Diré que aún hoy todavía no acepto que no volveré a verlo. Pienso que se fue a un viaje largo, como a los que no le gustaba ir, y que allá se encontró con mi tío Fili, con mi tío Carlos, con mi tía Mirna, con mi abuelito y con sus amigos caídos en los años sesenta y setenta de quienes nos hablaba. Quiero creer que allá se encontraron y como hace tanto no se han visto, no han dejado de platicar. Quizás se pusieron a cantar. Porque si algo les gustaba a todos ellos, los hermanos Núñez Téllez que ya no están, era cantar juntos.

Aunque mi tío René tuvo solo tres hijos, asumió como hijos e hijas a sus sobrinos y sobrinas. Los que no tuvimos un papá, porque se fue muy pronto o porque había muerto, tuvimos de él el cuido y amor que solo un padre puede brindar. Fue para nosotros la nobleza hecha hombre y con su partida nos hemos quedado todos huérfanos.

A veces pienso que no lo vemos porque está en el cuarto ya aburrido de nuestra habladera y saldrá luego para pararse en una esquina de la sala, como lo hacía siempre.

Con él aprendí que en ocasiones solo debía callar y acompañarlo. Gracias a él aprendimos también que una pareja puede sobrevivir junta más de 44 años siempre que haya amor, lealtad y compañerismo. Mi tía Leana puede hablar mejor de eso que yo.

Nos insistía en la importancia de especializarnos, de estudiar y a varios nos llamó la atención porque retrasamos nuestra salida de la universidad.

Cuando supo que iba a desistir de ingresar a la UCA, él y mi tía Milena me llamaron para convencerme que no debía estudiar algo que no quería. Ellos me ayudarían, dijeron. Yo solo debía decidir con quién de ellos dos quería vivir y hacer un presupuesto de gastos. Cada mes mientras estudié en la universidad tuve puntual el dinero que él me daba porque mi mamá entonces no podía costearlo todo, y cuando empecé a ganar C$800 quincenal como pasante en El Nuevo Diario, llegué a su casa para agradecerle y decirle que su tarea ya había acabado, pero me regañó y me mandó a ahorrar el dinero que él me daba.

Aunque sé que no estuvo de acuerdo con gran parte de lo que escribí en mi paso por la sección Política de este diario, jamás me llamó la atención. Apreciaba que yo pudiese analizar, disentir y cuestionar pese a que no siempre compartía mi criterio. Un par de veces me corrigió imprecisiones históricas y solo una vez criticó, comentó y me pidió agregar elementos a un escrito mío. Fue cuando escribí sobre los primeros de mi familia en mi blog. Me envió varios mensajes de texto con muchos errores de digitalización porque no solía mandar SMS. En ellos me contaba más detalles sobre mi "abueli", a quien tanto amó. “Hija, mi mami no vendía en un carretón, andábamos de casa en casa, también íbamos a las fiestas de El Sauce y cargábamos con una chavala llorona, que era tu mama”, escribió en uno de esos mensajes. Luego sugirió que debía escribir más sobre mi abuelita Matilde porque el texto estaba muy corto y no le hacía suficiente mérito.

En muchas ocasiones mi tía Leana insistió en que debía contarme detalles de su vida para que yo escribiera sus memorias, pero él decía siempre que después y yo lo secundaba. Era humilde. Nunca contó la historia en primera persona ni le interesó saberse protagonista principal.

Mientras estaba en Costa Rica enfermo, se me apareció en un sueño. Estábamos en León y yo le preguntaba cuándo volvería a San José. Sonriente, con esa gran sonrisa que tenía, me decía que estaba bien, que ya no regresaría más. Me tranquilizaba tocándome la mejilla como lo hacía con todas cuando éramos unas niñas.

Sé que pronto tendré que convencerme en que no lo veré más, pero me reconforta saber que vive en mis recuerdos, en cada libro que nunca le devolví, en mi corazón, en el de cada uno de nosotros: en mi "abueli", en mi tía Alma, tía Milena, tía Ligia, en mi mamá, en mi tía Leana, en la Maya, en Nel, en el Chele, en mis primos y hermanos. Sé que está con nosotros en cada plática, en cada sonrisa. Con su amor, con su ejemplo.

Continuaremos cuidando a mi "abueli", que ya enterró a cuatro de sus ocho hijos, y a usted, tío querido, lo seguiremos amando aunque ya no lo veamos más, ¡hasta siempre!

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