Jorge Isaac Bautista Lara
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Francisco de Asís, místico seráfico italiano de quien el actual Papa en su recuerdo tomó su nombre, dijo la frase que perdura con su misma profundidad; “que la paz que anuncian con sus palabras, esté primero en sus corazones”. Nació el 5 de julio en Assisi  (1182-1226). Fundador de la orden Franciscana. Perteneciente a una acaudalada familia, llevo una juventud desordenada. Tras participar en una batalla entre las ciudades de Assisi y Perugia, fue encarcelado un año. En ese tiempo de cárcel, padeció una grave enfermedad que movió los cimientos de su vida. Las reflexiones le provocaron un cambio en su forma de ver y vivir; renunciando a su ropa lujosa, riquezas y honores. Regaló lo que tenía diciendo: “yo necesito pocas cosas y lo poco que necesito, lo necesito poco”. Asumió su compromiso a cabalidad en cuerpo y alma, quedándose solo con un manto que le permitiera protegerse del frío en las noches. En la iglesia  San Damián, en ruinas, tuvo una visión donde un crucifijo románico le ordenó reparar su Iglesia.

Se dedicó a repararla, más no era esa la iglesia de la que pedía su reparación, sino su espiritualidad; “ve, Francisco, repara mi Iglesia. Ya lo ves, está hecha una ruina”, Su mensaje y vida se sintetiza en la frase “paz y bien”. A través de una monja de Asís  llamada Clara, estableció la orden de las damas pobres “Hermanas Clarisas”. En sus escritos dejó en herencia una bella oración que tiene tanto sentido como cuando fue escrita: “Señor, hazme un instrumento de tu paz; que donde haya odio, lleve yo el amor; que donde haya ofensa, lleve yo el perdón; que donde haya discordia, lleve yo la unión …  Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar; ser comprendido, sino comprender; ser amado, sino amar; porque es: dando como se recibe, perdonando, que se es perdonado; muriendo, que se resucita a la vida eterna”. Fue un apóstol itinerante por estar siempre en movimiento, en la búsqueda del encuentro con las personas. Propuso la pobreza como valor de servicio. Liderando con su solo ejemplo, sin proponérselo, un movimiento de renovación cristiana en el siglo XIII: centrado en el amor a Dios, los pobres y la alegre fraternidad. Reunió como cualidades la sencillez, humildad y fe. Su imagen trascendido su propia época y religión católica. Convirtiéndose en ícono y modelo de comportamiento atemporal. Decía: “la verdadera enseñanza que transmitimos es la que vivimos; y somos buenos predicadores cuando ponemos en práctica lo que decimos”. Se cuenta que en los bosques y donde iba, los animales se le acercaban sin percibir temor ante su presencia, como si comprendieran el toque de dulzura de su corazón; algo semejante a Martín de Porres en Perú siglos más tarde. Les hablaba y les entendía, les llamó “mis hermanos”. Pensaba que “si existe hombre que excluye a cualquiera de las criaturas de Dios del amparo de la compasión y la misericordia, existirán hombres que tratarán a sus hermanos, de la misma manera”.

Descubrió que en todo lo que existe habita un alma; en el hermano sol, hermana luna, hermana muerte, hermano lobo, etc. Juan Pablo II le proclamó en 1980 patrón de los ecologistas. Su festividad se celebra el 4 de octubre. Su encuentro con un lobo feroz, hizo que Rubén Darío escribiera el maravilloso poema “Los motivos del Lobo”. Falleció el 3 de octubre de 1226, a los 44 años; a los 2 años, el papa Gregorio IX lo canonizó. Fue declarado santo (ejemplo de vida a imitar). Pero se dice que el pueblo lo declaró antes. En su época estaban las cruzadas, y viendo tanta muerte en una guerra que duraba más de un siglo y que consideraba sin sentido, porque se perdían y devoraba lo mejor de ambas culturas. Fue hasta ellas con el interés de buscar la paz. El sultán Al Kamil (musulmán) le recibió y escuchó atentamente; le admiró. Llegó a rezar junto con él; cada uno lo hacía en lo que creía. Pensaban que era el mismo Dios. En septiembre de 1224 aparecieron en su cuerpo estigmas de la crucifixión (como al padre Pío). Marcado por el dolor de los estigmas y una ceguera casi absoluta, pasó sus últimos años con alegría. Algunos de sus discípulos de su Orden Franciscana vinieron a Nicaragua y construyeron en la Colonia Centroamérica de Managua, una de las iglesias que cumple los 50 años (1966-2016). La estructura de su techo, por el tiempo, se ha vencido. Está por caerse. Su comunidad ha salido y pide a las personas de buena voluntad, desde donde se encuentren, ayuda para reconstruir una de las iglesias de Francisco (Tel. Parroquial 22784152).

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