Jorge Eduardo Arellano
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En su reciente libro sobre el Caribe nicaragüense, uno de sus líderes e intelectuales más representativos ––Stephen Dexter Hooker Kain–– nos recuerda que su región constituye otra realidad geográfica, histórica, cultural y humana, distante y distinta del Pacífico (o interior) de Nicaragua. O sea que en el territorio nacional existen dos naciones, las cuales no deberían seguir siendo antagónicas como en el pasado.

Desde el siglo XVI nuestro Caribe comenzó a vincularse al colonialismo europeo y al tráfico de esclavos, disputándose su territorio posteriormente por el imperio español y el inglés. Al fin se impuso el protectorado británico que instaló una monarquía misquita. En 1860, por medio de un acuerdo, Inglaterra reconoció la soberanía de Nicaragua sobre la zona, surgiendo la Reserva Mosquita, incorporada militarmente en 1894. Para entonces ya operaba la presencia comercial y geopolítica de los Estados Unidos. Tras la explotación de los recursos naturales durante el siglo XX y el conflicto armado de los años 80, surgió el proceso de la autonomía regional que culminó con la aprobación del Estatuto de Autonomía por la Asamblea Nacional el 30 de octubre de 1987 (Gaceta, núm. 238, Ley 28), creando la RAAN y la RAAS.

Desde entonces ––sostiene Hooker Kain en su libro/alegato El ocaso de un Pueblo/Sunset Bluefields––, la Costa Caribe posee autonomía por derecho, pero no de hecho. “La autonomía ––puntualiza–– se dio en el contexto de la revolución, pero no ha funcionado”. O, más bien, no ha sido administrada plenamente por los costeños. No pocas razones explicita el intelectual nativo de Laguna de Perlas, autor de otro libro precedente sobre su aporte, como combatiente revolucionario, a la insurrección popular en 1979 y en el inmediato desarrollo político de la Costa.  

Para él, esta región multiétnica y plurilingüe ha sido siempre mal vista por los “Españoles del Pacífico” (beneficiarios de sus impuestos) y explotada en sus recursos naturales por las empresas extranjeras. “Tres presidentes neoliberales ––señala––, hicieron descender nuestros índices económicos al fondo del pozo e hicieron ascender nuestros índices sociales hasta las nubes”. Pero la deprimente realidad actual es el eje principal de este libro-denuncia que abarca no solo el exterminio del medio ambiente, sino el de los pobladores indígenas. “Comunidades enteras ––afirma–– están siendo desplazadas de sus hogares, de su medio de sobrevivencia”.

“No hay economía ––añade–– y la poca producción está distorsionada. Solo le queda a la gran mayoría de los costeños el camino de la emigración. La economía se mantiene gracias a las remesas familiares y a los miles de costeños embarcados. En toda la Costa Atlántica (a Hooker Kain no le entusiasma el adjetivo Caribe, que la gente identifica con los afrodescendientes) solo hay unas cinco o seis empresas, o instituciones privadas, con una flotilla de treinta o más personas trabajando. El Estado es el mayor empleador de los más de medio millón de habitantes…”. Y agrega que de las plantas pesqueras solo han quedado los cascarones. Y hasta se han anulado los impuestos pesqueros en la región. Solo los cayucos artesanales pagan en sus respectivos municipios. 

Pero los representantes de Managua “tienen todo el poder en sus manos de todos los quehaceres de los costeños”. “A saber: salud, educación, deporte, infraestructura, inversiones productivas, turísticas; energía, agua potable, agua desechada y hasta basura”. Y concluye: “a las autoridades de la región solo le ha tocado desempeñar el triste papel de operadores del gobierno central”.

¿Y qué solución propone Hooker Kain? Para comenzar: que las elecciones regionales se lleven a cabo no a través de los partidos políticos, sino “única y exclusivamente por medio de la suscripción popular”. Posibilidad que se ve muy remota, pero que constituye ––al parecer–– un anhelo colectivo de casi todos los costeños.

Muy lejos de ser un independentista belicoso, como le han llamado, Hooker Kain es un costeño consciente que clama por el bienestar de su pueblo; un estudioso de la realidad social, económica, política y cultural de su región; un ciudadano nicaragüense, pero claramente definido: “orgulloso de donde viene (o sea de sus raíces) y preocupado para donde vamos”. 

Para terminar, el autor de El ocaso de mi pueblo trae a colación una pregunta que le hicieron al presidente Ortega con motivo de su fuerte alianza con los empresarios: ¿Qué pasa con la Costa donde no hay empresarios? Y Hooker Kain informa lo que contestó el mandatario: ¡Allí tienen la autonomía!

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