Lesli Nicaragua
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Clemente Rodríguez Moreno no durmió el 27 de septiembre de 2014, la inquietante duermevela le devolvía, en imágenes, pedazos de recuerdo, caras temporales, sonidos de sirenas y, al final, disparos y crepitaciones. Y cuando la primera luz del día siguiente definió haces perpendiculares que se entrometían en el cuarto donde descansaba, supo, para siempre, que la desaparición de su hijo era lo único que había sucedido en su mundo y seguiría sucediendo hasta el fin, cuando su voluntad lo lleve a la verdad que tanto anhela o lo encuentre en el inútil abrazo de una muerte precipitada.

Desde esa noche, cada vez que lo entrevistan, a Clemente le cambia la expresión. Antes, cuando distribuía agua en botella por las ventas de Tepozcuautla y Chilapa de Álvarez, se le veía un rostro particularmente duro, de ojos pequeños y gachos, bigotes recortados y finos, y unos labios levemente caídos. Una cara acerada por las ventoleras frías que le cuartearon la frente y, de tanto escudarse, las manos. Pero ahora, frente a la cámara y la grabadora, este hombre de 38 años, de cuerpo recio y cobrizo, se desmorona. Muerde sus labios con impotencia y se le asoman venillas rojísimas sobre la esclerótica antes de romper a llorar cuando recuerda a su hijo.

Pero rápidamente recupera la serenidad. “Se llama (no se llamaba, corrige rápido) Christian Alfonso Rodríguez y tiene 19 años”, dice Clemente, una de las caras más visibles de los padres que buscan a sus hijos: 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, que se encuentran desaparecidos desde el 26 de septiembre de 2014, luego de ser supuestamente capturados por miembros de la policía de Iguala, Estado de Guerrero, y entregados a miembros de un cartel de la zona, al parecer, confundidos con los rivales de estos últimos.

“A mí no me importa lo que me pase a mí, voy a encontrar a mi hijo y a todos los muchachos”, sentencia Clemente, juntando fuerzas desde la oquedad donde antes tenía su ser y le sale ese sonido ecoico que le viene de un rincón del alma. Fue como si le arrancaran la piel, porque todo le arde, y aún más la versión del Gobierno de México, que los ha dado por muertos y quemados en un botadero de Cocula, en un día tan lluvioso que ni las cocinas de leñas dentro de las casas prendían, menos un fuego semejante para desintegrar 43 cuerpos en un área deforestada.

En un momento de la entrevista saca una foto en blanco y negro de su hijo. Tiene los ojos rasgados y los labios breves, una nariz recta de alas anchas y los pómulos poco angulosos. (A saber por qué, siempre las fotos de los desaparecidos nos atragantan con una nostalgia compartida, con un dolor osmótico, que poco a poco se nos convierte en ira sedada). 

“¡Lo encontraré! ¡No me detendré!”, dice Clemente, a la vez que sostiene la mirada frente a la lente del fotógrafo, con su pelo oscuro cortado a cepillo y su brazo derecho extendido mientras con el izquierdo sostiene el retrato de Christian. La última vez que lo vio fue el 24 de septiembre, dos días antes de su desaparición. Lo llevó a la Normal y no pudo abrazarlo para despedirse porque tenía que hacer una entrega rápida. Ahora se arrepiente.

Cuenta que cada noche deja la luz de afuera prendida, por si regresa Christian, sepa que siempre lo han estado esperando. También a diario sueña que su hijo golpea la puerta de su casa, lo abraza y entran a la sala. Sus labios esbozan una sonrisa, que al despertar vuelve a caérsele. Entonces comienza la larga lucha por recuperar lo perdido, que la facilidad del poder de la violencia destruyó ese 26 de septiembre. 43 rostros, 43 familias, 43 ecos, 43 pesadillas que desde hace dos años no cesan en Ayotzinapa.    

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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