Rafael Lucio Gil *
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Toda educación formal se expresa en la filosofía que la orienta y contenidos de enseñanza a través de un currículo explícito. La educación inicial, básica y media, a cargo del Ministerio de Educación, cuenta con este currículo general, que acoge los diversos niveles y modalidades educativas, derivándose en competencias, contenidos y metodologías para cada una de ellas. Este mandato constituye el referente obligado de la acción educativa práctica que el personal docente debe ejercer en los centros educativos, aportando sentido y significado a la educación.

Dicho referente curricular no es autónomo, ha de estar conectado íntimamente al modelo de desarrollo de la sociedad nicaragüense, por la cual, las políticas educativas demandarán  articularse con las políticas sociales, ambientales, de salud, etc., solo así, se podrá concretar la incidencia necesaria entre educación y desarrollo.

Este currículo concretado por dirigentes y docentes, acaba siendo interpretado, desde un plano cognitivo, emocional y ético. Entran en acción, por tanto, el currículo oculto o implícito (contenidos y valores no escritos), y el currículo nulo (lo escrito, pero que no se cumple). Al respecto, la investigación científica curricular y sus didácticas, demuestra que la incidencia en los educandos de estos dos currículos llega a ser más determinante, incluso, que la del currículo normado.

Esto explica que la influencia de la educación escolar dependerá, y mucho, de la brecha que exista entre lo prescrito por el currículo oficial y lo que realmente se hace, o no se hace, en la práctica. Podemos entender, así, la poca o ninguna efectividad que tienen en la niñez y adolescencia, las actitudes y valores que mandata el currículo oficial. Algunos ejemplos  facilitan comprender esta paradoja educativa y curricular a la que el país debería prestar mayor atención:

-Mientras el discurso curricular oficial establece aprovechar al máximo los horarios escolares, la práctica se traduce en pérdidas de cuantiosas horas-clase por razones no educativas.

-Si bien, el discurso y documentos oficiales se refieren al rescate de la educación como derecho humano, el presupuesto que la asamblea destina a la educación viene disminuyendo hasta  menos del 3% del PIB, cuando debiera crecer gradualmente hacia el 6%. La paradoja es doble, por cuanto los datos nacionales hablan, también, de un Presupuesto de la República que ha venido creciendo significativamente, mostrando que el país está creciendo más del 4%.

-Es sabido que el personal que dirige la educación desde el nivel central, delegaciones y centros educativos, deben dedicar el tiempo debido a los temas educativos, sin embargo, las preocupaciones y ocupaciones reales, en la práctica, dan prioridad a temas y tareas alejadas de la educación.

-El discurso simbólico afirma que el personal docente ha recuperado un trato justo y recibe una formación pertinente y de calidad, sin embargo, es evidente que el magisterio vive en pobreza y proletarizado, con un salario que no cubre ni la mitad de la canasta básica, con formación precaria y eventos de formación enfáticos en aspectos políticos,  que le impiden proporcionar una educación de calidad.

-La administración afirma que se está logrando una educación de calidad en competencias, sin embargo, en general prevalecen en el centro educativo formatos y metodologías que priorizan la memorización y repetición mecánica de contenidos.
-Mientras el documento curricular mandata desarrollar el pensamiento crítico, en las aulas se prioriza el pensamiento único, la repetición de slogans y consignas, prohibiéndose otras miradas en formas de pensar y valorar la problemática social, política y económica.

-Los resultados estadísticos de los indicadores educativos reclaman transparencia para ser conocidos por la sociedad, sin embargo, no son accesibles a la ciudadanía, y algunos que se divulgan suelen estar sobrevalorados.

-El currículo  aporta un legado de valores muy reconocidos (el respeto, la solidaridad, la justicia, etc), pero tanto en la sociedad como en los centros educativos, se castiga el pensamiento político divergente y penaliza la solidaridad; mientras tanto, el centro educativo enseña valores copiándolos y memorizándolos.

-Por último, el centro educativo demanda ser un “espacio letrado” (todo en él promueva cultura y conocimiento), en cambio, todos los espacios áulicos y ambientales se atiborran de propaganda de un solo partido.

Nuestra educación demanda transformaciones profundas. Coherencia entre el currículo y la práctica del centro educativo, en valores y actitudes que promueva el Estado y sus instituciones fundamentales; y el respeto a los derechos humanos de todos los actores, a su libertad de pensamiento y derecho a decidir. Todo ello debe abonar a un currículo de una ciudad o comunidad educadora. Transformar los currículos educativos, sin esta coherencia del Estado y toda la sociedad con la práctica educativa, sería un trabajo postizo.

* Ph. D. IDEUCA.

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