Ezequiel D’León Masís*
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Hace poco, en una radioemisora de Managua escuchaba a alguien que afirmaba: “debemos entender de una vez por todas que el dinero no es comestible”. La intención de dicha frase era sensibilizar al oyente en cuanto a que el cuido del hábitat ambiental que nos permite existir como humanos es un acto de sobrevivencia de primer orden, principalmente ante los retos del cambio climático y los subsecuentes giros que van experimentando los sistemas de producción agrícola.

El 16 de octubre de cada año se conmemora el Día Mundial de la Alimentación, promovido por la FAO. Sin embargo, no podemos obviar que más de 795 millones de personas en el mundo sufren hambre y desnutrición crónicas porque carecen de acceso a tierra, a trabajo y/o disponibilidad por cualquier otro medio a alimentos, esto según datos recabados por el Programa Mundial de Alimentos.

El sistema económico a nivel global nos ha hecho olvidar que hay una cadena de trabajo, tiempo y vida de muchísimas personas que hacen posible que algunos privilegiados podamos tener garantizados alimentos en nuestra mesa día a día. Si lo analizamos con profundidad, el dinero por sí solo no será nunca capaz de pagar suficientemente la vida y el tiempo (bienes no monetizables) que otros seres humanos han invertido en tareas como germinación, cultivo, cosecha, procesamiento, transporte, comercialización, distribución, venta, preparación culinaria, etc.

Los individuos, las familias y poblaciones humanas tenemos el pleno derecho humano de tener acceso a los alimentos y a que sean de calidad nutricional, ya sea por medio del cultivo directo de la tierra, por la oportunidad de desarrollar un oficio o un empleo asalariado que nos brinde facilidades para la obtención de alimentos.

El marco legal de este rubro en Nicaragua se encuentra unificado en la Ley del Digesto Jurídico Nicaragüense de la Materia Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Ley 881 de 2014).

Si bien las políticas públicas son esenciales en el sentido de prevenir escasez de productos locales tradicionales, también es verdad que es posible concientizarnos poco a poco hasta accionar en nuestro entorno directo para que en cada barrio urbano o comunidad rural hagamos uso del suelo para cultivos domésticos o, de no ser viable, el aprovechamiento de áreas caseras donde, pese a haber poco espacio, se pueda hacer crecer y cosechar plantas comestibles.

Estrategias sencillas que ya estamos vivenciando en algunas zonas de América Latina y el mundo demuestran que es posible la autogestión, al menos parcial, en el acceso a los alimentos: intercambio de semillas, huertos familiares, cercas vivas comestibles, producción compostaje, recuperación de tradiciones alimenticias y aplicación de métodos simples de agricultura alternativa (permacultura, biointensivo, cosecha de agua de lluvia, etc.).

Y, conste: no es cuestión de “moda idealista”. Cualquiera que se informe sobre el tema, puede darse cuenta que se trata más bien de una urgencia: crear resistencia (a veces, resiliencia) ante el cambio climático.

* El autor es abogado y artista multidisciplinario (prolegal.asesoramiento@gmail.com).

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