Erick Aguirre
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Debo ser franco y decir que cuando reseño un libro de autor nicaragüense generalmente tiendo a concentrarme en encontrar sus cualidades y no me detengo en la auscultación de anomalías o en subrayar defectos. Según me han dicho algunos colegas eso puede ser precisamente un defecto; aunque yo creo que es una voluntad casi inconsciente, quizás intuitiva: la de mostrar al lector la mejor intención intelectual del autor.

Pero cuando se trata de creación, especialmente de poesía (aunque no me parece que en tal caso mi severidad aumente o se haga más patente), al menos creo poner más atención a la habilidad o al esfuerzo artístico del autor en el uso de su herramienta de expresión: el lenguaje y su búsqueda de aleación con la inteligencia, la sensibilidad y el instinto.

El hecho de que mi aparentemente alegre generosidad crítica en estos casos decepcione a mis colegas más severos, no significa que haya dejado de leer a cabalidad la obra reseñada, ni que haya dejado de analizarla o de intentar penetrar en su universo y desmenuzarla cuidadosamente para intentar reconocer sus aspectos constitutivos.

Me alegra mucho sin embargo cuando no hay razones suficientes para revestirse con la a veces tan demandada y a fin de cuentas arrogante severidad crítica. Me alegro cuando encuentro en la obra de un paisano los méritos suficientes como para afirmar sin ambages que estoy ante un oficiante diestro en el arte literario, y que ese diestro oficiante además nos ofrece, con gracia, honestidad y propiedad, una obra madura y sabia.

Es el caso del último libro de poesía de Armando Incer (1930): Todos somos mi palabra (2016). Digo el último porque el propio autor parece confesarlo en el aparentemente anónimo paratexto de la solapa izquierda, donde se dice que con esta publicación se cierra el capítulo de su obra poética, que también comprende La guerra predilecta (1961), Huérfano esquife (1987) y Debo la sed (1998).

Todos somos mi palabra contiene treinta y siete poemas relativamente breves –todos buenos, algunos extraordinarios–, en los que en efecto es evidente la absorción o asimilación particular de Rilke, Vallejo, el Pablo Antonio Cuadra más breve y autorreflexivo de El libro de horas, y el a veces poco apreciado poeta que también fue Jorge Luis Borges; especialmente el de sus últimos poemarios, en particular Los conjurados.

Absorciones o asimilaciones, digo. No simplemente influencias, que en todo caso tampoco afectarían el hecho indiscutible de la existencia de un universo particular y una voz poética muy personal de Armando Incer. Una voz confesional, conversacional, madura y reflexiva; emanada con soltura, con un sereno desgaire y al mismo tiempo con gran economía expresiva y concentración verbal; capaz de emitir versos o sucesiones de versos que a mí me hubiese gustado suscribir:

“No niego yo que abril podría /llevarme al resguardado impulso /de ardores en las venas /que llamé juventud. /Pronto aprendí que no bastaba /el pan para una vida /que ha discurrido encima /de la carne con grandes altibajos…”

“He llegado hasta aquí /trayendo rosas rojas en mis manos. Salen a mi encuentro /las presencias que añoro /y el día se echa a mis pies /con un dejo clarísimo. /Busco mi propio fondo /y se hace rosas. /Mis palabras se colman de expresiones /que son mundo de miel, /vocablo entre las brasas. Diviso el ángel con la bola de oro /que viene a recibir todas las rosas. /Llevo los ojos de arena, /como que si el viento no existiera”.

“Se colocan en fila, /como esperando una voz recia o una espada. /Se definen solos /sin esperar edictos ni promesas. /Nunca se contradicen, /se perfilan quietos ante los advertidos. /Me toman de la mano, me perfuman; /despliegan blancas velas /cuando en el jardín tomo las rosas. /Cada día los muestro sin miedo a equivocarme…”

Dice don Francisco Arellano Oviedo, director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, que Armando Incer no solo se niega a utilizar el verbo morir o el sustantivo muerte en su poesía (y que como Unamuno persiste en sustituirlo con otros), sino que también niega la acción misma de morir. Es cierto. Y como Incer yo también creo que la muerte no existe: solo somos flor y canto floreciendo eternamente.

* Escritor y periodista.

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