Jorge Eduardo Arellano
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Poco conocida es la contribución a la Estética del artista Roberto de la Selva (León, Nicaragua, 1895 - Caborca, Sonora, México, 1957). Desarrollada en veinticuatro artículos publicados de 1935 a 1936 en El Nacional, periódico del Distrito Federal de México, lo rescaté en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación (núm. 64, julio-septiembre, 1990), órgano de la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua. “El Arte en México” tituló De la Selva esa serie que tenía de antecedente en Nicaragua el ensayo de su hermano Salomón publicado en la revista Actualidad (núm. 16, abril, 1929): “Teoría del Arte / Esbozo de una nueva estética”. 

La estadounidense Rebecca Kaye glosó y divulgó el primer aporte teórico en otro ensayo: “The Art Philosphy of Roberto de la Selva”, inserto en el folleto: A Primitive Aztec Handicraft Raised to the Category of a Major Art (Una artesanía primitiva azteca elevada a categoría de arte mayor), editado en 1937 por el Centro de Estudios Pedagógicos e Hispanoamericanos de México. Pues bien, una exposición del pintor y escultor nica-mexicano tuvo lugar en el San Antonio (Texas), Museum of Art, abril de 2016; acontecimiento que me ha suscitado estas líneas. 

Según Kaye, “De la Selva descarta completamente la teoría del arte como producto de la inspiración y enuncia una nueva teoría, más en concordancia con la ciencia moderna: el arte como función fisiológica mediante la cual se manifiesta el temperamento del individuo”. Y transcribe esta declaración de De la Selva: “El impulso artístico, la iniciativa creadora, es un rasgo humano normal. Pero la vida condiciona y limita al hombre; y como la vida es lucha constante, este hecho obliga al hombre, en el acto de crear, a tomar una de tres actitudes, ninguna otra es posible; a saber: una actitud de agresión, una actitud de defensa y una de evasión. Y mientras el individuo puede asumir primero una y luego otra de esas actitudes, una de ellas predominará en él y le otorgará su carácter definido y definitivo”.

Kaye continúa: “Sustentado en estas premisas, De la Selva postula las tres categorías del arte que correspondientemente denomina La Espada, símbolo de la agresividad; El Escudo, expresión de la actitud de defensa; y La Cueva de Latnos, objetivo de la escapatoria de la vida, que es lucha. En todo lo que haga ––sostiene De la Selva–– el hombre no hace más que asestar golpes, o pararlos, o huir de la golpiza que es la vida. Considérese que el puñal no es más que una espada diminuta, que la bala no es más que punta de espada, cuya larga hoja es de invisible fuerza […] Considérese que la ropa que vestimos es en efecto escudo, que escudo son las casas en que vivimos, escudos las ciudades, el vientre de la madre y su regazo y la inevitable sepultura. El hombre por fuerza tiene que blandir arma o alzar escudo o poner pies en polvorosa. De lo contrario, no vive, no responde, no reacciona a la vida”. 

Y Kaye prosigue citando a De la Selva: “Las categorías que yo he sido el primero en enunciar se hallarán en todo Arte y con meridiana claridad en la Literatura. La obra de Homero es paradigmáticamente un escudo glorioso, semejante al de Aquiles que el mismo Homero describe, donde ––sobre siete espesores de cueros de res–– Heafestos forjó placa en bronce adornada con escenas de la vida de los griegos y con figuras de dioses y de héroes hechas en oro y plata. Detrás de tan invulnerable escudo, Homero conquistó la vida tan por completo, que lo que es a él, jamás podremos vislumbrarlo siquiera.

Así también es la obra de Shakespeare: escudo, pero diseñado como el de Perseo para alcanzar victoria sobre la Gorgona; escudo hecho con superficie de espejo: quien a él se acerca se verá reflejado, pero a Shakespeare no lo veré, tan bien escudado está el poeta por el perfecto escudo que se forjó. Muy discutible es la obra de Eurípides, la de Erasmo, la de Voltaire, la de Ibsen, todos quienes dieron potentes mandobles con espadas filosas de gran peso y jamás obtusas. Bajo esta categoría cortante y punzante, debemos colocar el Sermón de la Montaña de Jesús, y los escritos combativos de Lenin. Recordemos que Jesús mismo declaró que no traería paz sino espada”.

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