Lesli Nicaragua
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Este es uno de los trending topic modernos de los que me había rehúsado a escribir por una simple solidaridad con lo que Jiddu Krishnamurti, el budista indio, pregonó durante su prolífica vida dedicada al cambio social global desde la espiritualidad. Sentado, mientras escuchaba una noticia sobre lo “New age”, dijo: “Escuchando desde el silencio comprendemos algo en lo cual no está en absoluto envuelto el pensamiento”.

Y con esto no ataco la ética del feminismo, que en su vertiente literaria estudié con mucho deleite en mis años de estudiante universitario, mucho menos el bien apreciado y esperado empoderamiento femenino en su línea socioeconómica y cultural, que busca recortar las brechas en estos estamentos y que son marcadas tan solo por la diferencia sexual. Me refiero, específicamente, a un sinnúmero de movimientos y personas que depredan estos postulados para crear un amasijo frágil cuasiestético como conceptualmente deformado.  

Estos activistas -¿de qué?- sancochan la teoría de género con la libertad sexual, la educación inclusiva y las nuevas masculinidades con la manicura y la peluquería, para construirnos, lo que ellos llaman el nuevo hombre, según su astigmática visión. ¿Cómo caracterizar a estos nuevos hombres? Con una rayana simpleza dicen que son: “Todos aquellos que han optado por una masculinidad alternativa, (y) no es que sean gays o bisexuales, sino que simplemente gustan disfrutar de cosas diferentes, de colores pasteles, de cuidar su cuerpo, de usar las últimas tendencias de moda, para verse y que sus novias —mujeres— los vean mejor”.  

Esta imagen se quedó rondando desde que leí este artículo escrito por un joven periodista new age sobre las nuevas masculinidades, y publicado en estas páginas hace poco tiempo. Tampoco busco contender con el muchacho, pero sí me gustaría hacerle ver que su alarde retórico ataca solo el clásico juego de reflejos especulares de hegemonía masculina, reduciéndola a un interés de los hombres por la estética, sin aportar verdaderas sugerencias para la construcción de la masculinidad alternativa. 

Al parecer, se olvidó que esta debe pasar por la modificación de las concepciones tradicionales masculinas: machista-agresivo por diferentes prácticas discursivas que, no solo nombran, sino que de hecho crearían a partir de desaprender-reaprender simbolismos, categorías y  relaciones de género, constructos identitarios y el orden social, solo por mencionar algunos criterios “descubiertos” bajo el follaje de las relaciones opresivas basadas en la subordinación patriarcal, y renovados bajo la lupa fotópica de las estudiosas de la materia: antropólogas, politólogas, humanistas todas.       

Para un mejor dicernimiento se podría leer a Marta Lamas, la feminista número uno de Latinoamérica, quien tiene 50 años investigando, teorizando y proponiendo un discurso bien fundamentado y respetado sobre orden social y sexualidad, género, sexismo y homofobia. Recuerdo haberla leído en un texto antológico: Ensayos sobre lo femenino y lo masculino, de mediados de los noventa, en el que comparte créditos con muchos expertos latinomericanos del tópico. Me sirvió mucho para realizar los análisis de Arráncame la vida, Julia y los recuerdos del silencio y tantas otras obras que analicé desde la perspectiva de género.

La construcción, pues, de las nuevas masculinidades o alternativas masculinas pasa siempre por una nueva propuesta narrativa, un nuevo discurso que evidencie las debilidades del anterior, o como cuando surge una nueva escuela de pensamiento, arranque lo anterior para instalar la nueva idea. Y de ahí, a la acción social, no a la peluquería. Porque entonces habría que recordar lo dicho por Sidarta Gautama, el Buda: “el silencio tiene su lenguaje y sabe hacerse entender”.

*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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