Jorge Guerra
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En muchos sectores ilustrados de la sociedad nicaragüense se menciona de manera peyorativa la palabra “populismo”. Y sin embargo, parece que sus críticas se encuentran muy lejos de la comprensión o explicación del fenómeno. Para superar el fino sentido común de nuestros demócratas, decidí emprender la difícil labor de estudiar esta dinámica sociopolítica a través de una lectura de la teoría de Ernesto Laclau.

Antes que nada, el populismo no es más que una forma de constituir la propia unidad de los grupos sociales. Todo discurso político surge y se asienta en un sistema de relaciones sociales. Y dentro de la lógica lingüística cobra identidad a partir de las diferencias con otros discursos políticos. Solo por medio de la expulsión-escisión con otra totalidad discursiva diferente se constituyen los grupos sociales a los que interpela el populismo. La unidad del grupo se manifiesta, por ende, en una equivalencia común de rechazo hacia ese exterior.

La identidad —en toda lógica política— se encuentra en una tensión permanente con las diferencias y las equivalencias de los grupos sociales. No obstante, la totalidad discursiva abraza múltiples elementos de la realidad social que no se pueden describir conceptualmente. Solo la representación social, que captura diferencias particulares y las asume como una totalidad social inconmensurable, se denomina hegemonía, que no es otra cosa que la capacidad de imponer un discurso en contraposición a otros. Puesto que dicha totalidad es algo abstracto, la identidad hegemónica en la política se constituye en un significante vacío.

Por otro lado, para analizar la acción política del populismo es muy importante tomar como punto de partida las demandas de los movimientos sociales y el contexto en que estas surgen. En ese marco, “el pueblo” —significante vacío— es  una construcción surgida como consecuencia de la relación entre los agentes sociales de una totalidad política. Por ejemplo, en la Argentina de los años treinta se produjeron cambios económicos caracterizados por una industrialización acelerada y una metamorfosis en la estructura social del campo.

En este sentido, con la crisis de 1929, la industrialización significó un proceso migratorio del campo a la ciudad, y provocó asimismo un crecimiento de la clase obrera y de sectores sociales sin vivienda, sin agua potable y sin salud pública. Debido a que el sistema institucional de poder no fue capaz de absorber y solucionar las demandas sociales de estos nuevos sujetos, se produjo entonces una formación de demandas insatisfechas. Tiempo más tarde, hacia la década de los 40, las demandas de esos nuevos agentes sociales se tradujeron en el ascenso de un movimiento social y político conocido como peronismo, cuyas reformas profundas en materia de derechos laborales, seguridad social y derechos de las mujeres significaron un momento populista en la historia latinoamericana.

Fue así que, a partir de esta multiplicidad de sujetos sociales (clase obrera, campesinos y mujeres), la corriente peronista se convirtió en un auténtico movimiento populista cuya construcción discursiva excluía y antagonizaba con el discurso de la burguesía y la oligarquía porteñas. Mediante la articulación de múltiples demandas sociales, y a través de un movimiento político, pudo constituirse el pueblo como sujeto social potencialmente protagónico. De los argumentos mencionados anteriormente hay tres consecuencias en relación con nuestro análisis del populismo. La primera es que el populismo establece una frontera antagónica que separa al pueblo del poder; la segunda, que con ello se genera una articulación de demandas sociales insatisfechas (las cuales forjan el surgimiento del pueblo como sujeto social); y finalmente, que existe una unificación de estas demandas sociales que hace posible un sistema estable de significación.

Así pues, el populismo no es tanto un contenido como una forma de praxis política, una dinámica donde la plebe, el ´populus´, reclama convertirse legítimamente en el todo. Por consiguiente, esta parte incorpora en su discurso elementos de la ideología contenidos en valores apolíticos de la sociedad (como la solidaridad, la honestidad, la honradez, etc.). Bajo tal razonamiento, algunos personajes del imaginario colectivo —como Simón Bolívar, San Martín, Eva Perón, entre otros— son politizados en este nuevo horizonte político. Dicho acervo cultural se incorpora dentro de un movimiento social que reclama la dicotomización-fractura del espacio público entre el pueblo y la casta, los pobres y la oligarquía.

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