Julián Corrales Munguía
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Cuando fue detenido, en tiempos previos al triunfo de la Revolución, me correspondió gestionar su libertad como deber amistoso y de vicerrector universitario de la UNAN, institución en la que él se desempeñaba como dirigente estudiantil.  Le expresé a su hermana Milena de uno de los resultados de la gestión: que el general Samuel Genie, me había dicho que no nos preocupáramos,  que yo, como bien sabía —yo no sabía nada— René tenía una enfermedad y estaba siendo bien atendido. Milena me abrió el entendimiento. Tenga cuidado, me dijo. Dicen mentiras para sacar verdades y averiguar su grado de vinculación. Aprendí la valiosa lección de Milena en beneficio de todo cuanto detenido, que no eran pocos, por cuya libertad tuviera que interceder. René siempre mantuvo en alto la sonrisa para no preocupar a los suyos. Su pie firme y decidido fue adelante sin retroceso, con vigor y rigor, con mesura afectiva y respetuosa, por eso conquistó el aprecio y estimación general.

Leana Vivas, su grande e inefable compañera de toda la vida, se la jugó con él desde que laboraba en el CUUN. Hechos la una para el otro o el otro para la una. Según recuerdo, Leana, bajita, frágil y menuda, estuvo en la lucha, con su compa René detenido, compa en todos los sentidos, con la figura de un vientre bien abultado, creo que el primero de sus hijos. En mi memoria aparece el día lejano en que preocupado conversé con ella para aconsejarle que evitara los tumultos, los ataques de la GN en donde podría resultar afectada, por aquellas peligrosas marchas por la vía universitaria y sectores aledaños y se considerara que nadie podía proporcionarle un consejo sano y claro: reaccionó, se imaginarán cómo. Siguió adelante, sin disminuir su trabajo con el severo riesgo que ello significaba.

Ahora bien, un equipo electoral del FSLN constituido, entre otros, por compañeros como el profesor José Luis Villavicencio, el ingeniero y ahora doctor en derecho, Edwin Castro, el profesor Silvio Mora en la parte de Divulgación y Prensa, el suscrito y una jovencita en ese entonces, Ivania Carcache, laborábamos con las orientaciones del compa René, auxiliado por su eficiente secretaria.  René fue nuestro enlace permanente con el comandante Ortega  y procedimos a organizar y efectuar un proceso electoral interno que resultó muy provechoso en su ejecución y resultados. Al final se llevó a cabo una conferencia de prensa. Un pequeño desvío: hay personas que casi nunca ríen, frente a otras que lo hacen de modo que parecieran celebrar el premio mayor de la lotería que acaban de obtener. En medio de tales extremos estaba el compa René: comedido, parco, de sonrisa temprana sin llegar a las carcajadas. Pero lo escuché celebrar sonriente dos de mis “cuentos”: el primero, cuando efectuábamos la conferencia de prensa para informar sobre las elecciones internas a que me he referido. En un momento de entusiasmo yo exclamé algo así: señores periodistas, elecciones como estas, objetivas, técnicas, imparciales, económicas, etc. ni Mariano Fiallos las hace. Ajá, profesor, me dijo después, con maliciosa sonrisa,  así que dejamos regado al doctor Fiallos. Se refería al trabajo de la Comisión Electoral del FSLN que habíamos practicado.

El segundo cuento —no lo he olvidado, el alzheimer es inicial— se dio a inicios de los 90, cuando en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos se decidió invitar al comandante Daniel Ortega para solicitarle su apoyo económico  para la institución. Empecé a concientizar al compa René sobre el valor que significaba para todos la llegada puntual del comandante a la PPDH. Cada reunión acababa al estilo del senador romano que concluía sus intervenciones con aquello de hay que destruir a Cartago. Hasta que llegó el momento en que ambos, René y yo, nos decíamos bromeando, al concluir una reunión: ¡Y que Daniel llegue a tiempo!

Llegó el día del encuentro. René tuvo el cuidado de advertirme: Daniel ya está saliendo. En la PDDH, los trabajadores apostaban a  que en esta sesión no habría  la puntualidad acostumbrada y se tomaron las cosas con mucha calma. Incluso, cuando mi secretaria informó que todos debían estar presentes en la sala de sesiones, no le creyeron. Las carreras se produjeron al final: unos pocos entraron a la sala, agachaditos, sudados y avergonzados. Cuando le describí esta situación al compa René, sonrió de buena gana. Usted ya estaba advertido, me manifestó. Le dije que Daniel llegaría a tiempo.

Así era el compa René. Siempre presente, presente, presente.  Así es.

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