Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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Desde el primer relato del libro Fal vs. Galil, de Marcos Casanova Fuertes, uno no puede quedar ajeno o indiferente ante el dramatismo de sus historias, que son reflejo fiel del dramatismo en general de toda nuestra Historia: la sangrienta Historia de Nicaragua. Se trata de una escena cruenta y dolorosa de verdadero fratricidio, en el primer capítulo, cuyo trasfondo parece quedar en el misterio.

Sin embargo el libro nos sigue atrapando: está lleno de mucha información, de muchos recuerdos y detalles históricos que han escapado, o han sido obviados por quienes coleccionan los hechos emblemáticos de nuestra Historia y los convierten en paradigmas.

Casanova tiene tres importantes cualidades que lo hacen idóneo para haber escrito este libro, que es enriquecedor, evocador y aleccionador en muchos sentidos. En primer lugar las características sociales y políticas de su propio origen, y el hecho de, pese a ello, haber logrado una formación académica descollante; además de haber vivido y testificado personalmente los acontecimientos que aquí narra con detalle y con una perspectiva histórica analítica y crítica.

Se le agradece también la amenidad y claridad de la escritura. La organización del libro en 47 capítulos relativamente breves, intercalados con 47 estremecedores poemas del padre Gaspar García Laviana, no solo hacen fácil y agradable la lectura, sino que rescatan para la memoria de los nicaragüenses la obra literaria del cura guerrillero, y además sitúan en una más justa dimensión histórica el papel que la ciudad de Rivas y sus heroicos pobladores jugaron en la lucha contra la dictadura somocista.

En los países donde la Historia funciona de verdad como ciencia, se suele decir que la memoria es algo particular de los individuos, no de las sociedades. Esto quiere decir que, en una sociedad donde la Historia cumple bien su función, las memorias de hombres y mujeres no pueden sustituirla.

Dijo alguien que un historiador no es un juez, pero su forma de operar es muy similar: busca la verdad, estudia documentos, verifica pruebas, relaciona hechos, interroga a testigos y emite un veredicto que no es definitivo; un veredicto que puede ser recurrido, revisado o refutado, pero que es un veredicto. En tanto, al testigo, o a quien da testimonio de hechos históricos, no siempre se le otorga la razón, pues su única razón es su memoria, y la memoria es frágil, y con frecuencia interesada.

No siempre se recuerda bien –dicen los defensores de la Historia como ciencia–, no siempre se acierta a separar el recuerdo de la invención; no siempre se recuerda lo que ocurrió sino lo que recordamos que ocurrió, o lo que otros han dicho que ocurrió, o simplemente lo que nos conviene recordar que ocurrió. El historiador como científico, en cambio, supuestamente responde ante la verdad y solo ante la verdad. 

Pero en países como Nicaragua no podemos atenernos a las versiones de la Historia. Y no digo a la Historia como ciencia porque aquí apenas es incipiente, sino a las versiones ideologizadas, interesadas o politizadas de la Historia que en nuestro país desde siempre conocemos. En Nicaragua la memoria de los individuos, sus testimonios personales, siguen siendo más importantes que una Historia siempre puesta al servicio del poder.

Por eso, aunque  haya pasado el tiempo y las cosas hayan cambiado drásticamente en las últimas décadas, siempre cobrará relevancia la publicación de testimonios y crónicas como el de Marcos Casanova. Porque la suya es la perspectiva del cronista, del testigo. Fal vs. Galil es un tipo de relato histórico en el que se privilegia el recuerdo de la realidad vivida, que a fin de cuentas es el camino por el que se llega a la verdad, o a nuestra propia verdad como individuos.

Otras veces me he preguntado si ha sido realmente importante para Nicaragua tratar de recobrar la memoria histórica. ¿No es mejor que se ocupen del pasado los historiadores serios  o científicos, y no los guerrilleros convertidos después en escritores o en historiadores; o los políticos, o las propias víctimas con sus testimonios, memorias y autobiografías?

¿Por qué no dejarle todo eso a la Historia? ¿Por qué no dejar funcionar a la Historia, o más bien dicho, a los historiadores verdaderamente serios que asumen su oficio como una ciencia insobornable? Difícil responder.

La verdad es que la publicación de un libro como Fal vs. Galil, y su innegable importancia histórica y literaria, nos ratifican una vez más que en Nicaragua la Historia como ciencia todavía está en pañales.


* Escritor y periodista.

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