Jorge Eduardo Arellano
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Al contrario de otros países hispanoamericanos, Nicaragua no protagonizó una ruptura violenta con España. Me refiero a su proceso de independencia política. Pues bien, casi tres décadas después de 1821, nuestra pequeña patria era reconocida por el reino peninsular e insular “como Nación libre, soberana e independiente […] con todos los territorios que le pertenecen de mar a mar”. Gobernaba España entonces Isabel II y ejercía la dirección suprema de Nicaragua don Norberto Ramírez, quien el 13 de septiembre de 1850 decretó celebrar el acontecimiento en León con un Te Deum en Catedral, salvas de artillería, repiques de campanas y cinco discursos oficiales.

En uno de ellos “se aplaudía la nobleza e imparcialidad del Gabinete de Madrid en la demarcación de límites y en la protección otorgada a la empresa del canal”. En efecto, con la ratificación y canje del Tratado de Paz y Amistad —suscrito en Madrid el 25 de julio de 1850— Nicaragua se convertía en heredera de los derechos de España sobre la Mosquitia, derivados de los tratados con Inglaterra de 1763 y 1786. De esta manera se constituía en dueña de todo el territorio donde se planeaba realizar la comunicación interoceánica, según el contrato celebrado por nuestro gobierno y una compañía privada de los Estados Unidos el 27 de agosto de 1849. 

Luego, durante la consolidación republicana en la segunda mitad del siglo XIX, los nexos culturales con la patria madre se renovaron. La Biblioteca Nacional, establecida en 1882, se inició con un fondo de cinco mil volúmenes adquiridos en Madrid, previamente seleccionados por don Emilio Castelar (1832-1899), el célebre orador y político republicano que tantos admiradores tenía entre nosotros, inspirando a plumas como las de Rubén Darío (cuyo primer impreso publicado en España se titularía, precisamente, Castelar), Santiago Argüello, Francisco Paniagua Prado y Adolfo Vivas.

Aparte de las leyes, calcadas en las peninsulares, las obras de Jaime Balmes (El criterio, 1846) y Juan Donoso Cortés (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, 1851) repercutirían en el pensamiento conservador durante muchos años; con frecuencia llegaba a suscriptores nicaragüenses La Ilustración Española y Americana; las novelas de Pedro Antonio de Alarcón y Juan Valera se reproducían en los folletines de los diarios; los dramas de José Zorrilla se representaban en las principales ciudades y, para poner un ejemplo más, el ensayista leonés Alfonso Ayón elaboró una “Introducción a un estudio sobre Gaspar Núñez de Arce y la poesía española del siglo XIX”, cuyos representantes mayores y menores eran ampliamente imitados por nuestros poetas y versificadores. 

En ese contexto, el granadino Enrique Guzmán Selva (1843-1911) fue nombrado miembro correspondiente de la Real Academia Española el 20 de noviembre de 1891, después que otro leonés, Pablo Buitrago (1820-1881), residiendo en San Salvador, lo había sido en 1876; y un hermano del primero, Gustavo Guzmán Selva, publicó en 1895 su novela de viajes En España, al que pertenece el siguiente párrafo significativo. 

“Ninguna nación tiene quizá una historia tan rara y tan fecunda en acontecimientos extraordinarios; ninguna presenta un carácter tan marcado, un tipo tan especial, una tenacidad y una constancia tan notable en conservar sus usos y costumbres. Invadida por todos los pueblos y todas las razas del mundo, por los asiáticos, africanos, godos, vándalos, romanos, cartagineses, sarracenos, alemanes, franceses, ha vivido luchando y defendiéndose, y de la mezcla de tantos pueblos ha resultado ese pueblo especialísimo, valiente, arrogante, caballeresco, soñador a veces, a veces temerario y arrojado hasta el delirio”.

Y concluye Gustavo Guzmán Selva: “Ahora avanza hasta llegar a ser la primera nación del mundo, y luego retrocede y se empequeñece, como cansada de tanto empuje, para volver a levantarse y engrandecerse, y a producir pueblos y naciones que le toman su sangre, su vitalidad y su espíritu, y la desconocen como madre y la insultan y desprecian para volverla a querer, a respetar y ensalzar después: vaivén eterno que parece ser la imagen del mundo todo y que deja siempre una esperanza, aun en medio de los mayores desastres”. 

He allí el elogio decimonónico a España, que conserva su vigencia, escrito por un desconocido intelectual nicaragüense y que traigo a colación para celebrar la herencia de cultura que recibimos de la “Hispania fecunda”, identificada por Darío con Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; con El Cid, Isabel, Loyola; con la hija de Roma, la hermana de Francia, la madre de América. 

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