Augusto Zamora R.*
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Piensa uno que Nicaragua está lejos de la intolerancia y de los fanatismos religiosos que afligen otras partes del mundo: resulta que no. Están aquí, escondidos, agazapados.

Hace pocos días, un pastor evangélico obligaba a nuestro boxeador más famoso a disculparse por el ‘crimen’ de haber visitado la basílica de Guadalupe, en México.

Desde el respeto al derecho de cada quien a creer en lo que quiera —si no es delito—, nada justifica que una persona invada la esfera de otra en tema tan personal como su libertad.

Libres somos de visitar basílicas, mezquitas, sinagogas o templos budistas, sin que ello altere lo que podamos creer. El Vaticano es visitado por gente del mundo entero por su arte e historia, además por personales motivos religiosos. Es inherente al viajar. 

No nacen los fanatismos de la nada. En países islámicos se gestaban en madrazas (escuelas coránicas), donde imames (predicadores) musulmanes inculcaban a los niños visiones arcaicas e intolerantes del islam. Talibán viene del árabe talib, estudiante.

Mala cosa es que, en nuestra región, aniden fanáticos religiosos para quienes visitar un templo distinto al propio se considere pecado y deba su feligrés pedir disculpas por ello.

En Colombia, muchas sectas evangélicas hicieron campaña contra el acuerdo de paz y fueron determinantes para que fracasara el referéndum.

No debe exagerarse el hecho, pero tampoco dejarlo pasar. Si se tolera que prospere el fanatismo, lo que hoy es una anécdota mañana puede ser grave problema.

az.sinveniracuento@gmail.com

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