Lesli Nicaragua
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El día que murió la tía se desató un aguacero sobre Managua a mitad de mañana. Yo me encontraba impartiendo clases en una preparatoria privada y cuando me asomé por las ventanas, un cielo cuajado de gris se desprendía sobre los techos en una tonada fuerte y tecleante. Días antes había visto a la mujer, la tía, en su cama. Esa vez la miré como los familiares vieron a Gregorio Samsa: un empequeñecido ser vuelto sobre sí.

Dos años antes, en una calle de Palm Beach, en Miami, mientras se dirigía a su casa, luego de su trabajo de gerentología, le sobrevino un dolor descomunal en el seno izquierdo. Ella, una sicóloga de paz y alegría de los años setenta, como lo fue siempre, no quiso preocuparse. Llegó a su casa y se envolvió en su positivismo a prueba de dolores físicos y mentales.

Meses después, a finales de 2008, cuando visitó a su familia en Nicaragua, le contó a su hermana del aguijón en su mama izquierda. Y ella la convenció que debía ir al médico. A regañadientes, la tía fue donde el doctor. Los exámenes de imagenología dijeron que tenía una araña en su pecho. En el expediente se lee que ella contó que luego de parir su primer hijo se sintió un bulto en el lado izquierdo, pero lo asoció con la normalidad del posparto.

Cuando hablé con ella, sabiendo que ya era irreversible el daño por la detección tardía del mal, se reía con las ganas de vivir y me decía que contara su historia, para que nadie más, ni una más, por la pena, por la ignorancia, pasara por el dolor descomunal de dejar su hijo, su familia, su mundo, por la desidia y la seguridad de lo increíble.  Yo ya trabajaba en END y le prometí que lo haría.

Días después que murió Mercedes Chamorro Báez, la tía, el 28 de agosto en la casa de su hermana en Managua, escribí “El cáncer mató a mi tía”. En realidad no era mi tía sino una amiga, una sicóloga a la que le preguntaba lo que fuera —en serio,lo que fuera— y siempre tenía una respuesta congruente. Tenía ese deje juigalpino del que se quería desprender, pero que la traicionaba cuando hablaba y más aún cuando recordaba su ciudad natal, de la que fue ángel de bucles de oro en cada procesión. Las vacas no le gustaban, solo cocinadas con plátano verde. Y le gustaba mecerse en una hamaca después de comer chicharrones y frito por la mañana.

Cuando enmudeció de dolor, fatiga y pena, lloraba. Y en la diafanidad de sus ojos se entreveía un barrio nuevo en el que jugaba a ser ella de niña, entre el verde fresco y el mugido que lo adornaba. No solo me dolió el pecho cuando llegué a su casa y vi a todos llorando. Me dolió el alma, que es donde se siente más dolor. La tía era más buena que una calle entera de pan. Y recordé sus palabras: “Escribilo, Leslito, oíste, escribilo”. Claro, tía, le dije, esa vez, cuando la voz le alcanzaba aún para prevenir a otras, porque la tía, cuando le tocó el cáncer, lo que más quería es que a nadie le tocara más.
 
*Periodista y escritor
leslinicaragua@yahoo.com

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