Orlando López-Selva
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En una cumbre bilateral en Beijing, el actual presidente filipino Rodrigo Roa Duterte le dijo al mandatario chino Xi Yinping: “Ahora somos tres contra el mundo -Rusia, China y Filipinas-”.

¿Los malos somos el resto?

Nada raro. El presidente filipino ha sido controversial y pirotécnico. Ha ofendido al presidente Obama y ha mostrado un destapado desprecio hacia las políticas y los funcionarios estadounidenses.  

No es difícil predecir a qué estirpe pertenece Duterte. Fue alcalde por 22 años, en Ciudad Davao, Mindanao (¡Justifican la adicción al poder como popularidad!). Su tono: discurso altisonante, diatribas, argumentos exuberantes, históricos, que reflejan su odio hacia lo español, lo norteamericano y occidental.

El presidente filipino ha tenido como bandera su lucha contra el narcotráfico. Ahora ha comenzado a extender sus lazos de acercamiento con China y Rusia.

Nada malo que así sea.

¿Pero por qué los que se alían con esas potencias, escogen ser enemigos de occidente?  

Los fanáticos radicales dirán que es justificable esta actitud (¡como si el odio fuera herencia genética!), porque la historia los llenó de rencor hacia otros.

Ese mismo argumento induciría a pensar que como nací pobre, yo debo repetir ese patrón para mis hijos. Y ellos están condenados a nunca prosperar.

¿La historia sirve para aprender de ella y corregir errores o para repetir resentimientos?

Al hablar con ciudadanos de los países del Este europeo que estuvieron bajo la bota de la extinta Unión Soviética, rápidamente expresan su resentimiento. El Kremlin nunca los desarrolló, como sí lo fueron los Oeste-europeos. Moscú los tenía sometidos con tanques y tropas que les impusieron en cada país que ocuparon.

¿Por qué deben odiar a los nietos de Stalin?

Lo increíble de los que se dicen revolucionarios, es que se jactan diciendo que están del lado de la historia. Pero cuando esta cambia, arguyen que todo es por “culpa del imperialismo yanqui (¡chinos y rusos excluidos!) y sus lacayos”.

Entonces… ¡Qué desorientada que anda la historia, si supuestamente estaba imbuida de la cientificidad que le diera Carlos Marx! ¿U hoy encontraron unos evangelios apócrifos, escritos en mandarín, que también resolverán el teorema de Fermat?

El espacio se cierra para los opresores que pregonan que la revolución se extiende. La realidad es otra. La revolución es solo un cuento de mil y una pesadillas.

¿Por qué nadie en Europa toma en serio al marxismo, pero en algunos países —muy atrasados; ergo, hay mayor ignorancia— sobran los que engañan y abundan los dispuestos a encaudillarse?

¿Por qué si la revolución es un acto que debe ocurrir inevitablemente, solo sucede esporádicamente?

Duterte encontrará escusas y seguidores que lo justificarán para que clausure instituciones, oprima a opositores y comience a cambiar la constitución para quedarse indefinidamente en el poder.

No hay vacunas en el mundo contra tiranos. La libertad que ofrece la democracia es lasa: permite también, que actúen libremente los embriagados o desequilibrados.   

El nuevo mandatario filipino les hará creer a millones de filipinos, que su país ahora es reino de justicia y orden (¡pues  rusos y chinos son sus aliados!); que los filipinos son descendientes de héroes que derrotaron a los imperialistas japoneses. Y que pronto harán lo mismo con los norteamericanos.

Muchos se sentirán embelesados y embriagados de “patriotismo” (¡válido solo si se odia a Occidente!). Duterte dirá que él es el mesías de Manila que la historia había guardado para estos tiempos; y que el pueblo filipino deberá enfrentar y derrotar al imperio del mal, en eternas luchas y batallas.

Duterte debe sentirse semidiós, libertador, David bíblico. O quijote moderno, desafiando a monstruos, predicando sabiduría patria, inspirando a oprimidos.

Así comienzan estas pesadillas populistas. Se suman los más aptos para la tramoya: los saltimbanquis, los valets que peinan y visten a sus amos; los aduladores que corean consignas, afilan cuchillos, o urden decretos deprecantes para depredar. Mientras los dictadores, cari-pintados, narices largas y trajes escarlata, se encierran en su crisálida que nadie osa tocar hasta que estas se convierten en sarcófagos pestilentes.

De repente, el escenario es un circo. ¿Apareció otro payaso para envinagrar y podrir la democracia filipina?

¿La política propicia comedias circenses con clowns o magos que juegan a sacar paraísos de aserrín de un sombrero, mientras los espectadores se deslumbran con trucos fosforescentes y dádivas compra-conciencias?

Los filipinos tuvieron un dictador, de derecha, Ferdinand Marcos, 1965-1986.

¿Volvió la sombra espectral de Marcos, desde el extremo opuesto de la palestra ideológica?

El camino que siguen los dictadores es bien conocido.

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