Rafael Lucio Gil *
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La educación nicaragüense, a lo largo del año, ha desplegado esfuerzos en su concreción curricular. Dirigentes y docentes han empeñado notables esfuerzos, desde el inicio del año. Todo para que el currículo de cada nivel se hiciera vida en el desarrollo de capacidades y competencias de sus estudiantes.

Las ciencias pedagógicas y las didácticas específicas lo explican con claridad. Se recoge lo que se siembra. La calidad de los aprendizajes está en razón directa de diferentes factores. Los métodos, técnicas y estrategias de enseñanza. Los niveles de motivación que se logren establecer. Las horas de clase y de estudio independiente. El material de estudio, el sistema de evaluación y las características del estudiante, etc.

Al finalizar el curso, se recogen los frutos de cada una de estas variables del aprendizaje. En tanto se hayan sostenido estos factores proactivos influyentes, se obtendrán resultados positivos.

Los resultados que podrían esperar estudiantes y padres de familia, serán gratificantes.

Hay tres factores dinamizadores claves en esta dinámica de enseñar y aprender. De una parte, la actitud, métodos, técnicas y estrategias que cada docente haya empleado. Mientras estas hayan sabido despertar motivación, esfuerzo y responsabilidad en sus estudiantes, la respuesta no se hará esperar. El estudiantado aprende cuando el docente, como artista y con empatía, pone a vibrar sus cuerdas motivacionales. Frente a este currículo oculto positivo, todos los demás factores disminuyen sus efectos negativos. Las investigaciones lo confirman, el modelaje del docente, su ejemplo de vida y actitudes de cercanía, su amabilidad llena de empatía y exigencia, se constituyen en claves fundamentales.

Pero cuando el ambiente psicosocial del centro educativo se vuelve ofensivo. Cuando se recarga de contradicciones y energías negativas. Cuando quienes dirigen no animan ni dinamizan, sino que recrudecen las contradicciones y desencuentros, sin apoyar ni reconocer los esfuerzos docentes. Si docentes y directores se ven envueltos en dinámicas no educativas, debiendo realizar labores políticas sábados y domingos. El descanso del duro trabajo se vuelve imposible.

Más en estos tiempos de elecciones. El estrés de directores y docentes afecta su labor de gestión de centro y aula. Queda su labor, así, presa de la anomia y de una enseñanza destinada a frustrar aprendizajes auténticos.

Los métodos y técnicas de enseñanza deben ser de naturaleza constructivista. Que ayuden a construir aprendizajes, no por la repetición, mecanización y copia. Que respondan a procesos de concertación y búsqueda cooperativa, a partir de actividades problematizadoras. Que partan de reconocer las ideas alternativas no científicas y saberes previos del estudiantado. Que logren transformarlas provocando conflictos sociocognitivos. Que logren, al fin, transformar lógicas no científicas en conocimientos científicos. Y todo ello, transversalizado por el fortalecimiento de las capacidades mentales. Que activan capacidades de análisis, síntesis, indagación, experimentación, pensamiento crítico y argumentativo, pensamiento creativo y divergente.

Pero frente a esta realidad deseable, campea otra real. La mentalidad efectivista del centro educativo está preocupada por cumplir. Cumplir orientaciones que, por lo general, distan mucho de objetivos educativos. Los tiempos de clase se reducen notablemente al mínimo. Casi siempre por demandas externas no educativas. Grupos de clase fuera del aula y del centro educativo. En tareas que distraen y no educan. Sus efectos al final del curso, serán evidentes.

Frente a los cortos tiempos de clase y mal aprovechados, la prisa por cumplir el programa. Los Tepces avivan el fuego de “cumplir” con el programa, pero “mentir” al aprendizaje. El profesorado siente prisa por cubrir contenidos de enseñanza. Obvia, así, los tiempos imprescindibles para analizar y debatir actividades de aprendizaje, que desarrollen competencias y capacidades.

Se suman las condiciones de estudio. El ambiente de las aulas contraviene normas ergonómicas básicas. Aulas repletas de estudiantes. Pupitres insuficientes o en mal estado. Docentes que deben gritar forzando la voz en ambientes ruidosos. Sin condiciones mínimas para ejercer con propiedad su labor. Mayoría de estudiantes sin textos. Estudiantes sin hábitos de estudio ni cumplir con tareas. Docentes que no revisan su cumplimiento.

Al final de este tortuoso camino, los resultados finales no podrán ser de calidad. Y, esto, en dos dimensiones. Por una parte, es dudoso que las buenas calificaciones respondan a aprendizajes de calidad, aunque los resultados estadísticos sean buenos. Por otra, es de esperar un alto porcentaje de estudiantes reprobados.

Algunos ponen su esperanza en el Reforzamiento Escolar e incluso en la promoción automática.

Esto se ha convertido en la solución fácil para aprobar y promover, también, sin calidad. Pues fracasaron con metodologías inadecuadas, y el reforzamiento escolar vuelve a repetir las mismas metodologías. El remedio se convierte en una salida fácil, pero de ninguna calidad. Al final, un engaño al estudiante, a la familia, al país.

Este panorama repetitivo cada año, clama por un cambio radical. Padres de familia no deben continuar siendo cómplices de estos resultados. Menos aún, que se continúen repitiendo, cada vez con mayor fuerza, los factores negativos que originan esta situación. La educación necesita una transformación radical, de fondo. A mayor tardanza en resolverlo, mayor fracaso le espera al país.

*Ph. D. Ideuca.

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