Galo Muñoz Arce
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Lo primero que me dijo cuando nos conocimos fue “ecuatoriano”, de la tierra de Juan Montalvo y Eloy Alfaro, “El Viejo Luchador”. Esa es una de sus frases que me quedaron grabadas y la otra: "¿Te molesta si fumo?", la pronunció al entrar a la casa donde habitaba en Estelí, tiempos en que a nadie aún se le ocurría esa pregunta.

Donaldo, gentil, afectuoso, aunque siempre dentro de su estilo reticente e irónico, incompatible con las grandes demostraciones: le bastaba con colocar una frase breve y precisa en el momento exacto de la conversación. Por eso me dolió tanto la noticia de su muerte, como debe ocurrir con  cada uno de los que lo conocimos, Donaldo era un amigo especial. No ocurría lo mismo, sin embargo, con su creación literaria y de artista plástico, concebida, para nadie en particular sino para una zona íntima y secreta de cualquier subjetividad humana.

En la década de los 80, 90, Pedro León Carvajal  llegó a ser considerado el mayor crítico literario, escritor, artista plástico, editor y poeta dibujante, con una búsqueda tan irresoluble como inexorable, conscientemente insatisfactoria, puesto que en esa insatisfacción encuentra su razón de ser; un modo de obedecer con lucidez y pasión al misterio de lo que reclama encontrarse con la palabra; la incesante pregunta por el sentido de lo que se presenta ante la subjetividad y lo que resulta de esa insistencia en las obras que dejó en vida, entre ellas “Todos los Días de Mi Muerte”.

Renuente a hablar de su producción artística y literaria, trataba de eludir las entrevistas, pero en una larga conversación que tuvimos  abandonó esa prevención. De lo mucho y muy valioso que dijo aquella tarde, atesoro particularmente este fragmento: “Cuando las palabras logran decir lo que dicen y además decir lo que no dicen, y de esa manera logran callar lo que dicen”.

Se dedicó, intensa y continuamente a la pintura, y fue un artista plástico de gran interés que plasmó en sus acuarelas y dibujos las figuras y motivos enigmáticos de su misma poesía. De hecho, participó tempranamente en exposiciones en Nicaragua, Centroamérica y Europa. Su obra plástica fue reconocida por  críticos más importantes de la época. También se dedicó a la fotografía, retratando paisajes, vida cotidiana, a amigos y familiares.

Donaldo conservó como parte de su patrimonio obras que nos va a doler  mucho mirar para atrás, de épocas confusas; de etapas en las que —ha puntualizado— no estás "permanentemente iluminado, la pintura surge del debate con la materia y el sueño, y de bajar y subir del infierno a la claridad".

Metido en la inercia y la idea de decir cosas haciendo pintura, habitando en un espacio entre la sombra y la luz, la penumbra, donde  permaneció por mucho tiempo. Intensas noches de desvelo en cada trazo, siguiendo el ritmo exacto de sus pulsaciones, sobre todo en el proceso de dar luz a lo que ya estaba oculto en la oscuridad.

En su opinión, el pintor evoca en sus lienzos una representación "cinematográfica" mediante la "textura de la pincelada". Y es que Donaldo caminaba entre lo real y el sueño, donde nos ha mostrado con su iluminación lo que puede ser la abstracción, la abstracción de por sí es ciega.

El reconocimiento oficial de quienes lo ignoraron durante décadas, llegada demasiado tarde. “Creo que el mejor homenaje sería incrementar nuestra irreverencia en cuanto a la muerte y alegrarnos por ese viaje a las estrellas desde Minneapolis”. (Uriel Sotomayor).

Gracias a ti, Donaldo, por el lugar patrio conquistado, en el mundo del habla nicaragüense y la admiración que siento por innumerables relaciones como la de los hermanos Gámez, la sociedad y los amigos de siempre.

Te levanto en mis manos en  oscuras vasijas
oigo tu antigua lengua, hundiéndose en la nada
igual que un aguacero, en las huellas de amigo.

Estoy lejos, frente a un cielo extraño
con navíos y adioses, el fuego va apagando
sobre tu oscuro suelo abandonado.

Dejo que tu viento azul y fresco de recuerdos
llueva incesantemente en nuestros corazones.

Hasta siempre, don Pedro León Carvajal.

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