Erick Aguirre
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Dice el español Fernando Savater que los buenos novelistas no siempre tienen fortuna cuando escriben ensayos, y viceversa. Yo no estoy muy de acuerdo. Dice también que, en cambio, los buenos poetas siempre resultan ser espléndidos ensayistas, y en esto sí debo apresurarme a darle razón.

Tengo la impresión de que ambos, poeta y novelista, cuando de verdad son buenos, suelen coincidir en cualidades particulares como la audacia imaginativa, la argumentación provocadora y el poder de persuasión, sugestión y evocación; virtudes que confluyen felizmente cuando las herramientas que proporciona el lenguaje son usadas profesionalmente y con suficiente propiedad.

Sin proponerme evadir el silogismo me atrevería a tratar de torcer el axioma de Savater y decir que un buen novelista bien puede ser también un buen ensayista, y viceversa; y que en efecto un buen poeta será casi siempre un buen ensayista, aunque no necesariamente un buen novelista.

Pero ni un novelista ni un ensayista pueden al cabo convertirse en buenos poetas. Tampoco en cuentistas. Tienen la virtud exploradora, especulativa y perspicaz que también los lleva a veces a la epifanía o a la clarividencia, pero les falta cierta vocación por lo esencial, cierto espíritu medular consagrado a la cifra.

En cambio, el buen poeta y el buen cuentista están naturalmente dotados, y por lo general entrenados, para un tipo de condensación que los hace capaces de aguzar la inteligencia, la emoción y los sentidos hasta lograr la enunciación esencial y la intensidad formal exacta o precisa para representar en una pieza relativamente breve lo que estricta y necesariamente esta debe expresar.

Estoy casi seguro de que un buen poeta, aun no estando entrenado como narrador, puede seguramente llegar a escribir buenos cuentos, puesto que está habituado a recurrir al artificio y al ocultamiento, a esa búsqueda siempre renovada de una experiencia súbita e intensa que según el argentino Ricardo Piglia es siempre única y nos permite ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad oculta.

No es casual que Piglia compare esa experiencia con las iluminaciones que según el poeta francés Jean Arthur Rimbaud nos hacen descubrir lo desconocido en el corazón mismo de lo inmediato. Tampoco es casual que Piglia diga que esa visión única, instantánea y profana se haya convertido al fin y al cabo en la forma particular del cuento.

Precisamente la lectura de un buen libro de cuentos es lo que me ha llevado a extenderme, quizás demasiado, en el preámbulo de esta reseña. Al otro lado y otros cuentos (2016), del nicaragüense Javier González Serrano, me ha recordado las cualidades fundamentales que debe intentar desarrollar un buen cuentista; y lo mejor: sin recurrir a la búsqueda de contextos ajenos o de ámbitos lejanos a su entorno original.

Nada de lo que yo pueda decir de este libro puede decir más de lo que ya ha dicho en el prólogo el escritor Roberto Aguilar, quien ha descrito muy bien sus características. En primer lugar la marginalidad de la mayoría de los contextos y de los personajes; gentes y lugares pobres y sin esperanza, cuyas miserias o grandezas humanas solo son capaces de mostrarse en la medida en que el lenguaje o los lenguajes se despliegan.

En segundo lugar, las distintas formas en que los también distintos narradores conducen el ritmo y los tiempos de cada relato, y a la vez logran introducirnos en los dilemas humanos y en las íntimas angustias de los personajes; que al final terminan por mostrarnos el extremo de su degradación o el imposible clímax de su redención.

Para Aguilar el protagonista del cuento “La Panamericana” es el único de toda la colección que escapa a tales circunstancias, pues se trata de “un próspero cirujano plástico que ha coronado todas sus aspiraciones económicas, sociales y afectivas”. Pero como el mismo Aguilar reconoce, al final termina por perder su alma, y tampoco está exento del oprobio que ronda la existencia de casi todos los protagonistas de este libro.

“La Panamericana” es quizás el mejor cuento de este volumen. Solo esta pieza nos da la medida de cómo utiliza González Serrano sus recursos y habilidades como narrador; es decir, el manejo del tiempo y de las perspectivas narrativas sirviéndose del lenguaje apropiado para cada circunstancia. En este caso la vida casi entera de este cirujano, examinada en los pocos segundos que podría durar un simple giro del volante de su auto.

Como el buen poeta, en este caso el cuentista ha tratado de aprehender y descubrirnos, en el largo instante que dura casi todo un cuento, una dimensión hasta entonces insospechada de la individualidad y de la conducta humana.

* Escritor y periodista.

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