Augusto Zamora R.*
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Se cumplieron, este 2016, 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, ese “buen amigo” que “endulza mis instantes”, como recogió en un soneto nuestro Rubén Darío. 

Del inagotable catálogo de maravillas que contiene la obra cumbre de Cervantes pocas veces se cita una: Cervantes inventó no solo la novela moderna. Hizo otro aporte imperecedero a la cultura universal: inventar el binomio literario. Una novela sin héroe único, singular. Una novela con un dúo inmortal: Don Quijote y Sancho.

Previo al Quijote, la literatura europea era llena de héroes solitarios. Lancelot du Lac, Sigfrido, Roldán, Amadís de Gaula, Tristán, Robin Hood, el Cid Campeador, etcétera.

Luego de su publicación y éxito, otros autores tomaron la fórmula para crear binomios literarios sin los cuales, hoy, sería imposible imaginarnos literatura, cine o televisión.

Gustave Flaubert inventó a Bouvard y Pecuchet, Conan Doyle a la más célebre pareja de investigadores: Sherlock Holmes y Watson. El cómic, a Batman y Robin. Cine y televisión han exprimido el género y lo seguirán haciendo, porque es inagotable.

Conan Doyle, incluso, se imaginó un Sherlock Holmes de rasgos quijotescos: alto, delgado, de nariz aguileña y –como el Quijote- un aplicado “desfacedor de entuertos”. 

El Quijote, como la Ilíada o la Odisea, es obra tan magna que, aunque tenga pocos lectores, permanece presente en el cotidiano popular y en el imaginario colectivo.

¿Qué haría Holmes sin Watson, Batman sin Robin? ¿Qué nosotros sin Cervantes?

az.sinveniracuento@gmail.com

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