Carlos Andrés Pastrán Morales
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Cada persona en este mundo, de los miles de millones que hay, tiene que vivir de una forma, tiene sus propios pensamientos, toma sus propias decisiones, se arriesga a lo que piensa que es mejor, hace lo que tiene que hacer por el bien suyo y de su familia, y vive a su manera, como todos en esta vida. Tenemos nuestros ideales y cosas por las que debemos pasar, que nos definen con el tiempo y mientras nos relacionamos con las demás personas. Pero hay un problema, a algunos les gusta juzgar y prejuzgar a los demás sin saber por lo que ellos viven.

Todos alguna vez lo habremos hecho, hablar de alguien que no conocemos, o dar una opinión, o tomar como chiste las ocurrencias de las demás personas, valoramos sin saber las causas, sin saber sus circunstancias. 

Hay momentos en donde llegamos a conocer personas con tantos problemas que pasan, que a nosotros quizá nunca nos tocado vivir, y tomamos a esa gente como débiles, a esas personas que cambian repentinamente, o se ven afligidas a diario, que no tienen una sonrisa en su ser y se les va pudriendo el alma por amargura, frustración o por la falta de una palabra que los aliente, los anime o los levante. 

Cuando se tenga la oportunidad, en vez de opinar, hablar mal, mejor preguntarse a sí mismo ¿cómo sería nuestra vida si fuera como la de esas personas? No lo sabemos, porque no hemos hecho, creído, enfrentado, vivido lo mismo que esos individuos. No hay comparación porque no estamos en sus zapatos, no vivimos en sus casas, ni con sus familias. Es mejor hablar con ellos y tratar de ayudarlos, no simplemente pensar mal y creer que fingen o tratan de llamar la atención de los demás.

Como todo adulto o joven que somos o fuimos, conocimos al típico compañero que le va mal en clases, por más que quiera e intenta estudiar y salir bien, no se le da. Y aun así nos atrevemos a juzgarlos solo por el hecho de que nosotros sepamos más tal vez. Pero cada persona es buena en lo que le gusta, claro. Pero esos que se esfuerzan por sus estudios y no logran las metas, es mejor darles una ayuda en las cosas en que nosotros seamos buenos, no burlarnos, porque no estamos en su cabeza, no sabemos lo que piensa ni lo que hace, no sabemos qué estudia o qué prefiere leer, no sabemos nada que él crea o viva desde su interior, no sabemos las dificultades que atraviesa, entonces es mejor actuar y ayudar en cambio de ser criticones permanentes. 

Y todos esos que tienen distintos puntos de vista que nosotros también, puede que nos enojemos, porque obviamente pensamos distinto. Rivalidades hay siempre, pero también se tiene que respetar y no crear problemas ni exagerar. Desde la inclinación de partidos políticos, religión, equipos de fútbol, gustos musicales y muchas cosas más la gente se complica porque otras personas piensan lo contrario a ellos. Cuando vivamos en los zapatos ajenos podremos comprender por qué son así, y por supuesto hay que respetar a los demás, esa es la esencia de la convivencia humana nos han dicho filósofos y expertos por muchos siglos. 

Para gustos los colores pero siempre debe de ir la palabra respeto en medio, hacia todos los pensamientos, gustos, decisiones, personalidades, opiniones y muchas otras cosas más que son elementos de la sociedad hoy en día. He visto que nos encanta descalificar a los demás, atacar, cuestionar, criticar, a veces sin fundamento y sin razón y que falta mucha tolerancia hacia el pensamiento de los demás y a la forma de vivir de otras personas. 

Nunca sabremos cómo viven los demás mientras nosotros sigamos en nuestro mundo, y esas otras personas pensarán lo mismo de nosotros, que cómo somos, qué pensamos y qué hacemos. 

La sociedad es una combinación de historias, vivencias, experiencias, amistades, amores, salidas, de todo. Y en las sociedades vive de todo tipo de gente, así que como joven, creo que no hay que juzgar sin saber, hasta que estemos en los zapatos de los demás.

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