Lesli Nicaragua
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Lo más atípico de estas elecciones no ha sido la poca publicidad, que en tiempos anteriores siempre fue masiva, casi ubicua. Ni la calma casi budista en comparación con la  estentórea verborragia tradicional y anticuada. La marca de estas elecciones es la descalificación, a toda costa y a todo aquel que asuma su papel de sufragista como lo ordena, lo cubre y lo asegura el derecho universal. Sin excepciones, sin señalamientos. Y este derecho, al parecer hay que recordarlo, se ha ganado con el abono de sangre humana en todo el globo.

Lo digo porque en mi país, quien se atreva a decir que irá a votar el domingo 6 de noviembre, desde ya se convierte en antidemócrata, un coludido con los intereses de quienes corren como candidatos. Pero ¿por qué?, me pregunto. Y Adolfo Miranda, el abogado, periodista y escritor, en su artículo de opinión de esta semana -¿Dónde está el pueblo?-, responde acertadamente, porque “si ellos no participan, las elecciones no son legítimas. Si ellos no lo bendicen, todo diálogo es un pacto malévolo. Si no se hace lo que ellos dicen, nada tiene utilidad, valor ni legitimidad”.

Siguiendo la lógica ley de la reciprocidad, de la que Malinowski plantea que solo los salvajes no siguen determinadas reglas si estas no van con sus intereses, anulando el sistema de prestaciones mutuas entre dos personas, dos grupos, dos poblaciones, me atrevo a pedir a mis nativos congéneres, junto con el antropólogo polaco, que se respete este sistema de interdependencia. Porque no es más que el reconocimiento de los derechos y pretensiones de los otros y porque en virtud de este pacto es que societariamente existimos.

Lo digo porque ya en columnas anteriores he opinado sobre política, mis pretensiones y afinidades y he recibido –buena y mala cosecha- señalamientos con los que nunca he señalado a nadie ni pretendo hacerlo, al menos en esta vida. Respeto, como “bon sauvage”, las articulaciones estamentarias, el establishment, la religión y las expresiones de todos mis compatriotas. Desde el más pequeño hasta el mayor. Al ateo –si existe- y al carismático. A los de derecha, a los de un lado y otro.

Respeto que no tolerancia. Esa fórmula es tan sencilla. Respete y se le respeterá. Si Malinowski sondeaba el aspecto social de la reciprocidad, el sociólogo francés Marcel Mauss la extendía al terreno moral, pues decía que “aceptar algo de alguien significa aceptar algo de su esencia espiritual, de su alma”, por lo que ambos –donante y donador- establecerían un sistema contractual de obligaciones sociomorales.  

Sobre la base de esto, el próximo domingo, me aprestaré a ejercer el derecho universal e inalienable que me asiste, y depositaré mi voto donde me corresponde, porque yo sí respeto las decisiones de los demás, aun si pienso que están equivocadas. Pues todos tenemos el mismo derecho… y también todos nos deben el mismo respeto.

*leslinicaragua@yahoo.com
Periodista y escritor. 

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